Solo, preso o muerto: la fiebre del oro digital

Jimmy Corvalán es tajante: la única forma de terminar con la ludopatía digital es “solo, preso o muerto”. Tres palabras que reflejan estaciones verdaderas de un viaje sin retorno, de una adicción de la que pocos hablan y nadie regula. “Solo” es la parte emocional donde la familia sufre y los amigos se alejan cada vez más, perdiéndose en un velo de desconfianza a raíz de las mentiras. “Preso” es la consecuencia de los actos desesperados por financiar el vicio: las deudas, las estafas, el robo. “Muerto” es el desenlace, que llega a veces por el desgaste emocional de sentimientos de insomnio, ansiedad y sobre todo culpa. O cuando las deudas se vuelven impagables y el peso del fracaso no deja otra salida que quitarse la vida. O que te la quiten. Esta tríada fatal no es solo el testimonio de un hombre. Es el hilo conductor de una epidemia silenciosa y que avanza con la velocidad de un rayo: la adicción a los casinos online.

 

El engaño perfecto

El juego de azar es un tipo particular de actividad lúdica en el que una ganancia monetaria u objeto con valor económico se arriesga para conseguir un ingreso mayor. El peligro está asociado a la creencia de alguien que confía la entrega de sus bienes a cambio de un resultado incierto –o probabilístico- y dependiente de la suerte. El dinero u objeto puesto en disputa, la aleatoriedad y el premio son los tres elementos esenciales que caracterizan a las apuestas. Estos tres componentes son las piezas claves para entender los mecanismos por los que se rige este sistema en particular y por lo que se diferencia del resto. ¿Quién y por qué toma la decisión de apostar? Imagine el caso de la primera apuesta que hace una persona en su vida.

La pantalla del Zoom separa el rostro de Antonia en una cuadrícula de píxeles. De fondo se ve una pared morada que resalta su piel pálida y sus ojos, cafés y con brillos alrededor. Sobre ella, un rosario cuelga de un clavo. Tiene el pelo recogido en un moño y mechones rebeldes se le escapan.

 

– Pucha, ¿Qué más podría hacer para juntar plata? Un día equis- dice, mientras mira el techo recordando ese momento con arrepentimiento. Hace una pausa, sus ojos se pierden un instante en un recuerdo que parece tan nítido como doloroso y continúa -me salió un TikTok de una galla, una influencer muy conocida. Ella contaba que la noche anterior había estado jugando con su pololo en un casino online y habían ganado 800 dólares-.

 

Ese fue probablemente el gatillante suficiente para que esta conversación se convirtiera en una oportunidad para mejorar sus ingresos.

Aquello no era azar. El algoritmo que subyace en estas aplicaciones ya funcionaba así en 2021, atrapando y guiando a los usuarios hacia este abismo disfrazado como oportunidad. Y eso fue lo que le sucedió: a partir de ese Tiktok, vivió dos años angustiada entre apuestas y deudas que sigue pagando hasta hoy. Incluso pensó -cuenta- en quitarse la vida.

Entró a la página para probar suerte, como la mayoría de las personas.

 

—Me acuerdo de que jugué cinco lucas. No sabía jugar, entonces las perdí al tiro, pero lo encontré muy entretenido entonces después lo repetí, pero jugaba cinco lucas, diez lucas.

 

Pasaron los meses y las visitas de Antonia a Coolbet -su casino online de confianza- se volvieron parte de su rutina diaria. La primera vez que ganó “harta” plata fueron cerca de “300 lucas”. Ahí retiró el dinero, se compró ropa y accesorios. Esa dinámica “tranquila” duró alrededor de un año, le alcanzaba para pagar sus cuentas, compraba lo que quería y el resto del dinero lo apostaba, sin saber que esta etapa no duraría.

 

—El primer año fue piola. No estaba tan metida en la cuestión. Pero ya el segundo año se puso pesado – afirma Antonia.

 

Los casinos online operan bajo un sistema llamado programa de reforzamiento de razón aleatoria, un mecanismo que hace que los premios no se puedan predecir. Dicho en simple: uno nunca sabe cuándo va a ganar, esta es una cuestión clave para entender el poder adictivo del juego. La incertidumbre se convierte en estímulo. Cada vez que ganaba —aunque fuera una cantidad mínima— su cerebro liberaba dopamina, el neurotransmisor del placer. Sin embargo, con el paso del tiempo, el cuerpo ya no respondía solo al premio, sino también al simple acto de apostar.

El punto de quiebre fue dos años después. Ya no le alcanzaba la plata para pagar las cuentas y las tarjetas de crédito, sus ingresos laborales no daban abasto. Antonia dejó la paz y la entretención, para jugar por obligación: debía pagar deudas que se volvieron agobiantes. Relata que cuando el sueldo llegaba a fin de mes, en tan solo unos días jugaba todo lo que tenía, hasta que todo se le fue a negro.

Cada noche se dormía con la ansiedad de despertar igual al día siguiente, sin respuestas ni soluciones. “¿Cómo voy a pagar las cuentas?”, pensaba, intentando calmarse con una idea que se repetía como mantra: “Filo, hay gente que le debe millones al banco y duerme tranquila, ¿Cómo me voy a angustiar yo por esto?”.

Pero el alivio no llegaba realmente, eran solo ideas placebo.

En octubre de ese año ya había pensado más de cuatro veces en morir. No en matarse, precisa. “Era más bien pensar: ojalá que me atropelle un auto y no tenga que pagar nada más”. Su relato evidencia cansancio y dolor, como si cada palabra que sale de su boca la llevará directo al pasado, reviviendo la misma angustia y depresión del momento.

 

De lo físico al celular: comparando las dos caras del mismo monstruo

El monstruo denominado “casino” se puede encontrar en dos formatos. A través de internet o de manera presencial; el jugador tiene la opción de escoger dependiendo de su gusto. El juego de azar presencial, que la mayoría conoce, se realiza en lugares físicos, administrados por actores legales o en reuniones familiares, de amigos u otros eventos quizás ilegales. Si en el casino físico hay guardias y miradas ajenas que aterrizan y recuerdan que uno está en el mundo real, en el online no hay nada de eso: solo la tranquilidad (o soledad) de una habitación vacía y una pantalla que nunca juzga.

El informe publicado por el Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) sobre aproximaciones al comportamiento ludopático en jóvenes, publicado en noviembre de 2023, ya lo anticipaba: mientras en el mundo presencial dominan la lotería y las máquinas tragamonedas, en el digital reinan las apuestas deportivas y los juegos de cartas, acompañados de una trampa perfecta: accesibilidad absoluta y anonimato garantizado.

El modo de acceder a los juegos de azar es importante, porque puede influir de manera radical en el tiempo y dinero que se invierte a la hora de apostar. Desde el celular, se puede jugar en el metro, baño o en plena reunión familiar; el casino es portátil y funciona las veinticuatro horas del día. Los más potentes predictores de problemas de adicciones en general son una alta accesibilidad y disponibilidad, las apuestas online llevan ambas a su máxima expresión y no hay registro de precedentes similares en adicciones a sustancias.

Por años, el ludópata era el perfil de una señora de aproximadamente 55 años. Una imagen que habitaba los salones de los casinos tradicionales: la mujer de los cabellos cuidadosamente teñidos. El otro fenotipo era el típico caballero con bigote y una chaqueta de cuero gastado, que le miente habitualmente a su mujer e hijos diciendo que iría a ver a su amigo Pepe, pero que realmente se iba directo al casino.

Entonces, olvide todo lo que cree saber de apostar. No es la misma actividad simplemente cambiada de lugar. Son dos experiencias completamente distintas en su capacidad de enganche.

 

«La ludopatía como trastorno y como enfermedad de la salud mental, en el fondo, es la misma. Da lo mismo si es online, o si es presencial»

     Miguel Ángel Lara, psicólogo, director técnico de la Asociación de Jugadores en Rehabilitación (AJUTER).

 

Según lo que se informa en la web de la Corporación de Juego Responsable, “la cifra de jugadores adictos a casinos y casas de apuestas en línea en Chile se ha triplicado desde 2018”. La diferencia no es solo en la pantalla, sino en la estrategia. Un sistema de recompensa aleatoria estimula el cerebro al igual que una droga. Ganas poco, pierdes mucho, pero la promesa de que la próxima jugada puede ser la ganadora nunca desaparece.

Santiago Ramírez, un uruguayo de 26 años, sabe que el juego puede empezar mucho antes que en la pantalla. “En mi familia, la ludopatía era parte de la cultura. Íbamos a las carreras de caballos y al casino… y cuando ganaban era una fiesta, se hacía asado, se celebraba”, dice Ramírez con la voz congestionada, víctima de un resfrío de temporada que deja entrever su acento. “Yo tenía nueve años y mi abuelo me daba plata para apostar. Para mí era algo lindo, cálido, familiar”, recuerda.

 

«Era con mis abuelos, los hermanos de mi abuelo, mis tíos un montón de personas, ponele que en la mesa todos llegábamos a reunir 500 pesos uruguayos que son como 10 dólares y claro, uno cuando es niño le parece un montón de plata. Cuando gané, al haber ganado… bueno, eso fomentó todo.»

                                                                                                                                              Santiago Ramírez, 26 años.

 

A los 18 años fue su primera vez en un casino junto a su primo. Ganaron 800 pesos uruguayos —unos 20 dólares— y ese pequeño momento que parecía ser una victoria, fue suficiente para encender el circuito de recompensa.

“Ahí arrancó todo. Después todas nuestras salidas eran ir al casino. Cuando me casé y nació mi hija, empecé a mentir. De ahí no hay vuelta atrás con las mentiras”.

Santiago lleva dos años sin apostar, pero lo dice sin pelos en la lengua: “Nunca dejás de ser ludópata. Sos activo o sos inactivo, y por suerte en este momento soy inactivo, espero que dure para siempre.

 

El perfil del ludópata: ¿quién juega hasta perderlo todo?

En la ludopatía no hay un perfil único, ni un rostro que la encarne. Todos llegan al mismo punto, la ilusión de control.

 

“La adicción no discrimina. Da lo mismo si alguien gana 400 o 600 lucas, si es estudiante o gerente. El nivel socioeconómico no influye; en nuestro grupo hay todo tipo de personas. Tampoco el nivel educacional es un factor: tenemos desde personas con cuarto medio hasta profesionales con posgrado”,

                                                                              Miguel Ángel Lara, psicólogo, director técnico de AJUTER.

 

La ludopatía no distingue edad, profesión ni bolsillo.

La enfermedad tiene las mismas características, los mismos patrones de comportamiento, la falta de control entre los adictos, por lo tanto, tampoco hay diferenciación entre una ludopatía física y una ludopatía online o digital.

Los sesgos cognitivos son patrones de pensamiento erróneos que afectan nuestras decisiones y pueden llevar a desarrollar conductas de juego problemáticas. Son errores sistemáticos del pensamiento que distorsionan la realidad de quienes apuestan. Jimmy Corvalán lo resume a la perfección desde una pequeña pieza con luz blanca y de fondo una pared sin alma.

 

No perdía por mala suerte, perdía porque mi cabeza me hacía creer que tenía el control.

 

El sesgo de confirmación hace entrar en juego a la memoria selectiva, el cerebro recuerda solo las victorias o los pequeños éxitos, ignorando las pérdidas.

 

—Pensai que podí ganarle, porque te acordai de las veces que ganaste, pero el juego está hecho para perder. Estadísticamente, siempre gana la casa en las apuestas online— agrega Corvalán; añadiendo que este concepto refuerza la creencia errónea de que “pronto ganarás”.

 

El sesgo de disponibilidad profundiza en que la mente también se deja influenciar por los relatos ajenos. Conocer a alguien que “ganó mucho” o ver a un influencer celebrando su premio refuerza la idea de que cualquiera puede hacerlo.

 

— Seguía a un tipster (Un tipster es alguien que entrega pronósticos o recomendaciones de apuestas, muchas veces mostrándose como un experto capaz de predecir resultados) ruso en Telegram que siempre ganaba. Pensaba: si él puede vivir de esto, yo también— dice Jimmy. Lo que no se ve es cuántas veces ese tipster perdió antes de subir un video triunfante.

 

El último autoengaño ocurre luego de perder, y esto es lo que explica el sesgo de la retrospectiva.

 

-Salió el 19 en la ruleta. Era obvio, si es el día de mi cumpleaños. Ahora le meto todo al 25, el de mi pareja-

 

Corvalán cuenta que lo más difícil no fue dejar de jugar, sino dejar de creer que podía controlarlo. Porque la ludopatía no se apaga con voluntad, sino que se enreda en la cabeza como un hilo que nunca termina de soltarse.

 

—Yo creía que era más inteligente que el algoritmo. Pensaba: esto no me va a ganar a mí. Pero cuando me di cuenta, ya no tenía plata, ni amigos, ni pareja —dice, con una sonrisa quebrada que no llega a los ojos.

 

Un factor común que identifica Jimmy dentro de su historia y la de sus pacientes –pues es psicólogo- es que coincide que son personas con una alta habilidad cognitiva. Piensan que son lo suficientemente inteligentes -nadie lo es- para ganarle al juego.

En términos de patrones de desarrollo de jugadores, inicialmente las personas empiezan a jugar porque tienen un “golpe de suerte». Juegan, después de dos intentos ganan algo, se entusiasman, se enganchan, siguen con esta esperanza de volver a ganar, y gastan, gastan, gastan, cada uno, por supuesto, en la medida que puede o que le da su capacidad de endeudamiento, hasta que empiezan a perder; según explica el psicólogo de AJUTER, Miguel Lara.

Jimmy lo vivió en carne propia: Jugaba en la noche, ganaba un poco y decía “ahora paro”. Pero si perdía, también seguía, porque tenía que recuperar lo perdido.

 

—No hay salida. Da lo mismo lo que pase, siempre jugai.

 

A veces, después de perderlo todo, se prometía que nunca más volvería a apostar. Borraba la app, bloqueaba la tarjeta, se juraba que esta vez sí sería distinto. Pero bastaba un TikTok, una historia de alguien que “ganó millones”, para que el impulso regresara.

 

—El algoritmo te conoce mejor que tú mismo. Sabe cuándo estás débil.

 

Las víctimas colaterales: La destrucción del círculo familiar

La ruleta no siempre se detiene sobre quien juega, a veces, las fichas caen sobre quienes nunca apostaron. Detrás de cada participante atrapado en la dinámica, hay un círculo que también pierde junto a ellos; madres, hijos o parejas, que hacen de todo para cubrir deudas y apoyar a su ser querido.

El daño asociado al juego de azar no se limita a quien aprieta el botón y pasa todo el día frente a la pantalla. Es un impacto que se expande de manera invisible hacia su círculo más cercano. Como un efecto dominó, cada caída arrastra a otra. Según un estudio de investigadores de la Central Queensland University, se estima que, por cada persona con problemas de ludopatía, al menos seis personas más resultan afectadas de diferentes maneras.

Cuando el jugador cae, arrastra todo lo que ama, incluso hasta el punto de destruir su relación amorosa. Jimmy Corvalán lo sabe bien, psicólogo y jugador inactivo que pasó de apostar en póker por diversión a perderlo todo frente a una pantalla.

 

—Robé, empeñé mis cosas, le saqué plata a mi pareja…terminé con mi pareja— dice Jimmy a través de la llamada por Zoom, sin dramatismo, como quien relata un accidente que ya no puede deshacer.

 

Fue un vicio que inició en el 2010 con inofensivas apuestas en póker. Durante periodos, la mala costumbre de apostar el dinero en estas plataformas desaparecía -nunca totalmente-, sin embargo, llegó el 2018 y el interés por los deportes llevó a Jimmy a perderse e involucrar su dinero dentro de los inciertos pronósticos deportivos.

El primer grito de ayuda de un ludópata es cuando las “lucas” ya no alcanzan, ¿Qué sucede en este momento? ¿A quién recurren para financiar el vicio? Jimmy apostaba y de manera simultánea a esto creó un personaje.

 

—Yo era el weon más rajado, le pasaba plata a todos mis amigos ¿por qué? No sé, un amigo me decía algo de plata y yo respondía “toma ahí tienes un par de palitos”. Describe esa etapa como la “fase del personaje”, una faceta pública que sin darse cuenta construyó para sostener la mentira. —Vai creando un personaje que se llena de mentiras, y ese personaje es súper deseable socialmente, simpático, generoso, siempre dispuesto a ayudar — reconoce Jimmy.

 

Pero, como toda historia, da un giro inesperado, Jimmy tiene la necesidad de pedir esos favores de vuelta. Se quedó sin dinero para seguir apostando, y como toda adicción, no aguanta la abstinencia. Cuando las ganancias se vuelven pérdidas y los favores impagos, el entorno comienza a fracturarse. Los amigos dejaron de llamar, la pareja se alejó. Lo económico fue solo la primera alarma de una destrucción mucho más profunda.

 

—La plata te distancia. Dejé muchos amigos sin pagarles y hay amistades que perdí para siempre. Y ahí te das cuenta de que, suena súper cliché, pero la plata pasa a segundo plano—

 

Su voz suena dura, no por frialdad, sino por la experiencia de alguien que aprendió las consecuencias.

En la ludopatía, el daño no se reparte de forma justa: mientras el jugador se hunde en la culpa y ansiedad, su entorno se desgasta intentando rescatarlo. La confianza, una vez quebrada, deja heridas que no se ven. No hay golpes, pero sí violencia: la emocional, la de las promesas rotas y las mentiras constantes.

 

—Fui violento con mi pareja, no físicamente, pero la violenté igual. Le robé, me gasté la plata de las vacaciones. Una vez íbamos a ir a Playa del Carmen y tuve que inventar que los pasajes no se habían comprado… Era mentira, me había jugado toda la plata.

 

Cada excusa inventada, cada imagen editada para justificar una transferencia inexistente, era un intento desesperado por sostener lo insostenible. La adicción había tomado el control, y él lo sabía.

Su voz se vuelve grave a través de la pantalla, como si cada palabra cargara el peso de los años perdidos. Menciona que el juego te cambia el cerebro, te roba la voluntad. Antes, al menos, el casino tenía ruido y gente; ahora solo hay una pantalla, un silencio denso y la soledad de perderlo todo frente al celular.

 

 

Fuente: Servicio de Prevención de Adicciones (Servicio PAD) Madrid. Curso prevención de trastorno por juego de azar.

 

Publicidad, influencers y normalización del riesgo

 

 

Los juegos de azar, especialmente los digitales, no son casualmente adictivos ni entretenidos: están diseñados para dar esta impresión, a partir de los mecanismos cerebrales que producen placer y emoción.

 

A primera vista, la página parece inofensiva, como un sitio de juegos infantiles. Sin embargo, detrás de sus colores brillantes y animaciones llamativas, se esconde una dinámica muy distinta: aquí se juega con dinero real. Este es solo el primer paso al infierno invisible, que se presenta con tonalidades intensas y eléctricas -rojos y dorados que atrapan- los números saltan, sobresalen de la pantalla, en cada espacio de ella se puede ver monos animados, premios y la infaltable invitación en 2D, que llama a jugar “ahora”.

 

En este portal no hay rivales que vencer. Solo uno mismo, enfrentado a sus propios impulsos y a la ilusión de que “a la próxima partida, recuperaré la plata”. Pero, para quien carga con una tendencia adictiva, la línea entre el control y la pérdida se vuelve muy difícil de reprimir. Para sorpresa (o no) nada queda al azar, cada estímulo por pequeño e insignificante que se vea tiene una lógica mucho más oscura de lo que se cree. En los casinos online, el azar es solo una ilusión meticulosamente programada.

 

El “enamoramiento” frente a la dinámica ilusoria de dar y quitar es la que mantiene la esperanza viva del jugador. El anzuelo perfecto, capaz de activar los mismos mecanismos cerebrales que otras adicciones como el alcoholismo.

 

¿Cómo funciona realmente? Cuando la posibilidad de ganar está, el cerebro libera -con cada giro y promesa de ganar- una descarga de dopamina en el sistema de recompensa, el mismo que se activa con la comida, sexo o incluso, una buena noticia, pero, a diferencia de una gratificación sana, en el juego la recompensa es caprichosa e impredecible, lo que se explica a través de los dichos de la psiquiatra Marian Rojas Estapé, según señaló en el video “Como reconfigurar nuestro cerebro” subido por el canal Infobae.

 

—Lo que engancha no es tanto ganar, sino la anticipación de ganar… el cerebro aprende a desear ese momento de tensión antes del resultado, y cada vez necesita más para sentir lo mismo— Donde el placer se convierte en persecución: una carrera química contra el vacío.

En un modo más simple, el cerebro de un jugador funciona como un semáforo en mal estado: la luz verde siempre parpadea, incluso cuando debería estar en rojo. Como cuando alguien revisa el celular esperando un mensaje importante: la notificación no llega, pero el simple “y si me escribió” mantiene a la persona pendiente, mirando una y otra vez la pantalla. En el juego ocurre lo mismo. El cerebro se acostumbra a esa sensación de expectativa -junto con una mezcla de nervios y esperanza-.

Con el tiempo, la búsqueda constante de emoción se vuelve un hábito que el cuerpo exige. Como quien necesita cada vez más café para mantenerse despierto, el jugador necesita apostar más seguido o con montos más altos para sentir el mismo efecto. En ese proceso, la parte del cerebro que ayuda a controlar los impulsos se va apagando, y lo que antes era una decisión libre se convierte en una necesidad.

Hoy se encuentra la publicidad en todos lados. Para alguien con rasgos o predisposición adictiva, este acceso permanente es un terreno fértil. A eso se suma un entorno saturado de señales agresivas que bombardean constantemente. Al encender la televisión ya está ahí: la publicidad de una casa de apuestas que promete diversión, oportunidades, emoción. Los comerciales usan luces brillantes, rostros jóvenes, deportistas que sonríen después de ganar.

En redes sociales, los anuncios aparecen entre videos de recetas o música, casi como un reflejo más de la vida cotidiana. Incluso los clubes deportivos, íconos del esfuerzo y la disciplina, llevan en sus camisetas los logos de estas plataformas, normalizando el juego como parte del espectáculo.

 

Como si eso no bastara, las casas de apuestas encontraron en los influencers a sus nuevos embajadores: rostros conocidos que, por altas sumas de dinero, promocionan códigos, bonos y supuestas “experiencias exclusivas”. Estos creadores de contenido son hoy un nuevo tipo de afiliados. Los influencers que sí tienen el dinero suficiente pueden llegar a crear sus propios casinos online.

En Chile, esa normalización cala hondo, sobre todo entre menores. Adolescentes que crecieron con la pantalla en la mano, acostumbrados a la inmediatez, los premios instantáneos de los videojuegos o los likes en redes, encuentran en los casinos online una versión más intensa de lo mismo. A su edad, el cerebro aún está en formación; la parte que regula el control y la toma de decisiones -esa que ayuda a ver las consecuencias antes del impulso- no ha madurado del todo.

 

 

 

La batalla en el Congreso

 

Según se informa en la web de la Superintendencia de Casinos de Juego: “En Chile, los juegos de azar son ilegales por regla general, salvo cuando una ley especial los autoriza, como ocurre con la Polla Chilena de Beneficencia, Lotería de Concepción, la hípica y los casinos de juego. Operar juegos de azar sin autorización es un delito. Las denuncias sobre apuestas en línea o máquinas ilegales se derivan al Ministerio Público para su investigación. En este contexto, los municipios no pueden otorgar patentes para locales con máquinas de azar, ya que esta actividad solo está permitida en casinos legales”.

 

 

En nuestro parlamento hace un tiempo se está jugando una de las partidas más intensas de la política reciente: la regulación del juego online. En las pantallas de miles de chilenos, nombres como Betano, Betsson, Coolbet o Jugabet aparecen cada fin de semana, entre goles, carreras de caballos y transmisiones de Twitch. Pero detrás de estos, se esconde el gran vacío legal de que ninguna de estas plataformas tiene licencia para operar en Chile. Aun así, están más presentes que nunca.

 

En 2022, el Ministerio de Hacienda presentó por primera vez un proyecto de ley para regular el desarrollo de las plataformas de apuestas en línea y, así, crear un marco legal que cobre impuestos y proteja a los jugadores.

 

Según el proyecto; se calcula que el Estado pierde más de 180 millones de dólares al año por la falta de regulación. Las casas de apuestas operan desde el extranjero, con servidores fuera del país y sin control local. Posteriormente, el 2023 el proyecto avanza en la Cámara de Diputados involucrando a actores esenciales como la Superintendencia de Casinos, Polla o SII.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Ministerio de Hacienda

 

 

 

Fuente: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (BCN). (2025). Regulación de los juegos de azar en línea

 

Esta industria en crecimiento no ha sido materia de preocupación solo aquí en Chile, sino que en el resto del mundo y con mucha anticipación en comparación de nuestro país. Colombia, España, Italia, el Reino Unido, México, Argentina y muchos más cuentan con marcos legales consolidados que establecen normas claras sobre licencias, impuestos y medidas de prevención frente a la ludopatía, desde hace ya un tiempo.

 

En paralelo al debate legislativo, el flujo de dinero sigue brotando sin pausa. La Asociación Chilena de Casinos y Juegos indica en su estudio que, en el 2022, solo en Chile circulan US $150 millones. “Según cifras de la Superintendencia de Casinos, hay más de 900 páginas web y plataformas que permiten desarrollar apuestas en línea desde Chile, alojadas en países o jurisdicciones como Malta o Curacao”.

 

Cada clic en el botón “Apostar”, comienza un transporte del dinero del bolsillo de cada jugador, saliendo de Chile y yendo directo al financiamiento de empresas extranjeras. Las principales casas de apuestas online operan desde paraísos fiscales, son países donde tienen licencias locales, pero que no aportan en Chile ni generan empleos ni inversión nacional. Los jugadores pierden aquí, pero las ganancias se cobran afuera. Mientras tanto, ese mismo dinero podría financiar centros de rehabilitación, programas de prevención o campañas educativas para quienes hoy enfrentan una adicción silenciosa.

Para Corvalán, el problema no solo es la adicción, sino la estructura económica que la sostiene:

 

—Si yo tuviera plata para poner un casino, me haría rico, porque está hecho para que el jugador pierda.

Epílogo: la cuarta opción

 

 

Al final, el escenario es inquietante: una industria global que vende ilusión, una tecnología que facilita el acceso y una generación entera que crece creyendo que apostar es solo otro juego más. Lo invisible es que, detrás de cada clic, hay un cerebro que aprende a depender del azar, y una sociedad que normaliza el riesgo y un Estado que no pone límites.

 

Jimmy Corvalán habla de 3 destinos posibles: solo, preso o muerto. Pero hay una cuarta opción, menos visible, que empieza cuando se apaga la pantalla: la recuperación.

 

Rápida no es y mucho menos lineal, se trata de aceptar la derrota y aprender a vivir con la tentación en tus propias manos. Significa, según el jugador inactivo: Volver a mirar a los ojos sin miedo a mentir.

 

Una cuarta vía que es difícil de alcanzar, porque queda fuera del radar del sistema, no vende, no promete ni entrega bonificaciones.

 

Mientras el Congreso sigue discutiendo sobre una ley que regularice y las plataformas siguen saturando sus “sponsors” en las camisetas de fútbol y redes sociales, las historias de Jimmy, Antonia e incluso de Santiago se repiten en silencio. Detrás de cada pantalla hay un número más en una estadística que aún no se logra derribar, que crece sin ruido, pero que marca el pulso alarmante que refleja el costo humano de un vacío legal.