Algunas llegan por necesidad, otras por gusto, pero todas tienen el mismo objetivo: el dinero que reciben al entregar placer a los hombres.
Por Javier Ahumada L., Diego Chicano L. y Trinidad Rendich G.
Muchas mujeres se paran en esquinas, algunas ofrecen sus servicios a través de rincones silenciosos de internet y otras quedan atrapadas en la red invisible de un proxeneta. Aunque no se conozcan entre ellas, podrían considerarse colegas, ya que comparten algo fundamental: su cuerpo es dinero. Todas viven en un mismo mercado, uno que no distingue entre rostros y que se muestra indiferente ante sus historias.
¿Estado conyugal? El mundo de la noche no discrimina. Hombres casados, en pareja, pololeando o solteros, llegan a pedir servicios, como si la ética se desvaneciera bajo la luz de la luna. ¿Y para ellas? La percepción del amor ha cambiado radicalmente; se han visto obligadas a reescribir sus propias historias en un entorno donde los sueños y las realidades chocan con una brutalidad inquietante.
Durante los últimos cuatro meses nos hemos dedicado a observar, investigar, entrevistar, escuchar, reír, llorar, discutir y mucho más sobre las profesionales del sexo, y hemos descubierto que el periodismo y el trabajo sexual no son amigos. Pero… ¿por qué no? La sociedad chilena y el mundo han impuesto un tabú, una culpa, un tema que, si no está cerca de nosotros, no nos toca. También han consolidado un estereotipo sobre ellas, perpetuando una visión reduccionista de su realidad.
Un vestidito corto, unos tacones altos y un rouge que podría dejar huella es lo que muchos imaginarían, incluso lo que la protagonista de Pretty Woman alguna vez lució. Sin embargo, lo que no sabíamos hasta agosto, cuando tomamos las riendas de este camino, es que están más cerca de lo que creemos. Está en esa madre que lleva a su hijo en un coche, está en una apoderada de un curso, pero también en una profesora, está en esa compañera de la sala de clases, en aquella chica que nació en una cuna llena de privilegios o en aquel hombre que quedó cesante.
El trabajo sexual está en todas partes y pareciera que olvidamos que, a pesar de que compromete el acto sexual, también brinda un plato de comida –o muchos–, que paga un arancel para cumplir la carrera de los sueños de una persona. Según datos recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), “un 5% de las mujeres en prostitución han elegido libremente esta actividad, mientras que el 95% manifiesta que lo hace por necesidad y porque no tiene otra salida”.
¿Cómo definirías el trabajo sexual? «Como trabajo», responde Jacqueline Espinoza, académica que ha investigado por más de una década la vida de las profesionales del comercio sexual.
Mi primera vez
Llegamos a las 17:00 al Starbucks de 9 Norte con Avenida Libertad, ubicado en Viña del Mar, a pocas cuadras del famoso Mall Marina Arauco. Al entrar vimos a Andrea sentada en la mesa de la esquina, la primera mujer que accedió a colaborar con nuestra investigación. Lleva un chaleco beige tejido, que permite ver los tatuajes que tiene en el brazo. Su pelo es entre rojo y naranjo, y su sonrisa pareciera ser parte de su look, como también lo es su carisma.
— ¿Quieres sentarte en las mesas de afuera para tener más privacidad?
— Sí.
Entre el sonido de las micros, los autos y la gente que camina por una calle que es bastante concurrida, Andrea comienza a contarnos su historia. Vive con su madre, estudia técnico en educación física, y al mismo tiempo trabaja impartiendo clases en un instituto de belleza. ¿Cómo y por qué llegó al mundo que muchos dicen es de la noche? Por una amiga.
“El primer día nunca se olvida. Tenía como 21 o 22, cuando una conocida me cuenta que tiene una pega. Solo tienes que bailar, me dijo. Estaba muy nerviosa y en la duda de si ir o no ir, decidí hacerlo”, cuenta mientras bebe de su Iced Caramel Macchiato.
Suena Fifty Shades, de The Weeknd, y Andrea debe bailar cinco minutos por 60 mil pesos. Había más mujeres, las que después se convertirían en sus colegas, y un hombre que resultaría ser su proxeneta. Hoy ya son tres años como bailarina exótica y teniendo encuentros con hombres, trabajo que le ha sustentado en el último tiempo su carrera y permitido ayudar económicamente a su madre.
— ¿Y tu mamá sabe?
— A mi mamá no le contaría ni cagando, porque yo creo que se muere. Es una cosa de vergüenza, yo quiero dejarlo, quiero terminar mi carrera y luego poder dedicarme cien por ciento a eso. Quiero poder ser independiente, libre.
Como Andrea, son más las mujeres que van a darse una vuelta para efectivamente conocer bien en qué consiste trabajar con el cuerpo. A los mismos eventos de bailarinas exóticas llegó Dolores, que, como tiene un hijo, se sintió con la obligación de buscar un trabajo que le pudiera brindar dinero de forma rápida. Había estado antes en un cabaret y por ende sabía a lo que venía: “Son buenas lucas por pocas horas, donde, por lo general, tu hijo está durmiendo y alguien está al lado de él. Entonces, claramente era un horario y un presupuesto que sí convenían”. Pero esta mujer de tez blanca, delgada y con el pelo oscuro como el de Blancanieves, no disfruta de su labor como trabajadora sexual y lo encuentra traumático.
Secuelas del trabajo sexual
“Las mujeres que se dedican a la prostitución tienen las mismas consecuencias y daño emocional que los veteranos de guerras o las víctimas de tortura”.
Fuente: BioBioChile, 2024.
— ¿Cómo lo haces para aguantarlo?
— Yo me disocio y chao, mientras más rápido mejor.
— ¿Trabajas en algo más para sostenerte económicamente?
— Yo soy asesora del hogar, me dedico a limpiar casas y siempre estoy atenta a las pegas que puedan salir de garzona o en eventos sociales. Y si pudiera ganar lo mismo que gano como profesional del sexo en otro trabajo, lo dejaría de inmediato.
Los fines de semana cobran vida los eventos a los que acuden Andrea y Dolores. Una casa grande, con muchas piezas y un caño de pole dance en el patio, es donde llegan las mujeres, que entre las drogas y el alcohol hacen más llevadera su noche.
— ¿Cómo son los hombres?
— La mayoría de las veces son empresarios o ingenieros de clase alta y quieren pasarlo bien porque se van a casar.
“A mi mamá no le contaría ni cagando, porque yo creo que se muere. Es una cosa de vergüenza, yo quiero dejarlo, quiero terminar mi carrera y luego poder dedicarme cien por ciento a eso”, cuenta Andrea.
Las bailarinas suelen estar con clientes que tienen una muy buena situación económica, a menudo empresarios que viajan desde la capital. Sin embargo, al esconderse el sol, pareciera ser que se desvanecen aquellos valores que suelen ser aprendidos en la casa, en el colegio o en la universidad.
Aunque las reglas son claras, primero una transacción y después el acceso al cuerpo, Andrea afirma que el entusiasmo de los hombres suele sobrepasar esos límites: “Una vez estábamos bailando, un hueón llegó y le metió el dedo a una de mis compañeras”, relata.
“¡Ahí vienen las putas!”, gritan, para posteriormente darles una nalgada y tratarlas como si fueran objetos. La doctora en Ciencias Humanas, María Cecilia Fernández, plantea en un artículo sobre el tema que “la representación ideológica que circunscribe a las mujeres solo a prostitutas, eróticas y malas mujeres se debe, en parte, a que en la prostitución se sintetizan y se niegan sus otras dimensiones: las de madres, esposas, profesionales, entre otras”.
Otra mujer que se desenvuelve en el rubro es Becky, quien, a diferencia de Andrea y Dolores, trabaja desde su hogar. Sus servicios los ofrece Skokka, una página utilizada para esto. “Mi amor, bienvenido, mi nombre es Becky, soy una guapa escort chilena de 35 años, dueña de una figura totalmente natural” es como se presenta para atraer a los clientes.
Su ingreso al rubro no fue por necesidad, sino por una acumulación de decepciones personales que la motivaron a tomar el control de su vida y de su cuerpo. “Después de dos relaciones fallidas y de sentir que estaba perdiendo el tiempo, decidí disfrutar más de mí misma, de mi cuerpo, de mi espíritu. No me arrepiento de nada. Al contrario, he madurado mucho y he aprendido lecciones que me han hecho más fuerte”.
Al mediodía, Becky lleva a su hijo al colegio. Corre de regreso para llegar a casa antes de las 13:00, justo a tiempo para prepararse y recibir a su primer cliente. Su dormitorio se ha transformado en su oficina, y su hogar en una pasarela. Todo continúa hasta las 19:00, cuando su jornada llega a su fin, y su hijo menor llega a comer y a hacer sus tareas.
“¡Puta!”, le gritan algunos, otros se ponen más salvajes y la golpean. Parece ser que hacen lo que no pueden con sus novias, o así al menos cree Becky, “la santa en la casa y la puta en la calle”. Pero no se siente vulnerada, más bien disfruta de la libertad de su sexualidad, al fin y al cabo, es dinero, todo es dinero.
A pesar de no conocerse, Luciana, una joven de 25 años, trabaja a partir de la misma página web. Pero su relación con este trabajo es bastante diferente a la de Becky. Luciana, que estudia pedagogía, no logra disfrutarlo, y nos ha contado cómo la plataforma, aunque le permite generar ingresos, también atrae a personas peligrosas y se generan situaciones incómodas.
“Una vez me llegó un tipo de 27 años que le había sacado la ropa a su sobrina pequeña. Él quería que me la pusiera y le dijera, tío Pepe. Me dio asco y rabia, no pude hacerlo”.
— ¿Y cómo llegaste a este mundo?
— Vengo de una familia humilde, donde mi vieja es costurera y mi papá es feriante, tenía que buscar una forma de llegar a las metas que necesitaba.
— ¿Cómo fue tu primera vez?
— Yo tenía 18, él 54…
Proxenetes: ¿trabajadoras o esclavas?
En la Antigua Grecia, el término proxenetes se vinculaba a actividades relacionadas con la esclavitud, un origen que, en bastantes aspectos, continúa siendo relevante en la actualidad. Más allá de los encuentros en departamentos, casas o mansiones lujosas, con frecuencia se oculta una figura central que evoca control, poder y dominio: el proxeneta. Esta figura no es simplemente un intermediario, sino un estratega que teje una red compleja de relaciones entre los clientes y su séquito de mujeres, quienes, bajo su supervisión, se ven obligadas a seducir, bailar y encantar. Aunque su presencia es discreta, su influencia es determinante, pues marca el destino de las mujeres que, atrapadas en su órbita, quedan a merced de su control.
Ellas hablan de sus proxenetas con cautela, conscientes del riesgo que implica nombrarlos. En cambio, ellos prefieren mantenerse en silencio sobre sus trabajadoras, pues saben que su rol en este sistema es ilegal y peligroso. Esta imagen enigmática y de fuerte carácter se reflejó cuando recibimos un audio de uno de ellos vía WhatsApp. ¿Cómo podíamos acercarnos sin correr peligro? Recurrimos al sitio web que nos había dado la cosecha de una serie de entrevistas. En su foto de perfil, una partitura de Luis Miguel, “El Traidor”. ¿Será el número correcto? Corroboramos. Sí, lo era. Le hablamos.
“Periodista, estudiante y boludo. Vos sacaste el premio al más hueón. Haz una entrevista más seria, más importante que las casas de putas hueón. Puta, no serví ni para relacionador público. Qué estudiante más ordinario y torrante. Chao pescao compañero, bloqueado por ahuevonado”.
Proxenetismo en Chile
En el país, quien de manera habitual y con ánimo de lucro promueva o facilite la prostitución de una persona mayor de 18 años, explotándola debido a su dependencia personal o económica, será sancionado con reclusión, multa o prisión de 1 a 3 años.
Fuente: Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Chile, 2013.
La Diabla nació en el seno de una familia aristocrática, con acceso a los colegios más exclusivos del país. Reside en una zona acomodada de Viña del Mar y posee una propiedad en el sur de Chile, lo que le permitió llevar una vida libre de carencias económicas. Una amiga le ofreció un trabajo como bailarina, lo que marcó el inicio de su incursión en este mundo. La viñamarina de 23 años afirma que, en este rubro, el papel del intermediario es central, y se reduce a un lucrativo aprovechamiento del cuerpo de las trabajadoras sexuales. En otras palabras, se trata –según la RAE– de una “persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona”.
Esta figura de “hombre de negocios” se aleja del modelo convencional, ya que, en lugar de controlar servicios o mercancías, ejerce su poder sobre seres humanos: mujeres que son madres, estudiantes, hermanas y que, como toda persona, tienen emociones y aspiraciones. Mientras las sirenas de las ambulancias resuenan en la calle y los pájaros cantan de fondo, Andrea, de 25 años, cuenta cómo la influencia de un hombre adulto puede ejercer un control psicológico sobre ella y sus compañeras.
A cambio de su explotación, estas mujeres deben entregar un porcentaje de sus ganancias –en ocasiones, más del doble– al cabecilla del grupo, una cifra que varía según los beneficios económicos obtenidos en cada jornada. Sin embargo, lo que los proxenetas buscan no es solo dinero, sino también ganar su confianza. Las manipulan con gestos como salidas a restaurantes, compras de ropa, maquillaje o perfumes en centros comerciales, e incluso invitaciones a su departamento para encuentros que van más allá de lo evidente. De esta manera, en muchos casos, se establecen relaciones entre ellos y las trabajadoras. Sin embargo, en ocasiones, los sentimientos y emociones trascienden el ámbito laboral, y un solo encuentro con el proxeneta puede afectar a todo el equipo, dañando las relaciones entre las demás colegas.
— Antes de que el proxeneta se enamorara de una compañera, nos compraba drogas, nos daba alcohol antes de los eventos, luego nos llevaba al McDonald´s y nos dejaba a cada una en nuestras casas. Ahora, ni una Red Bull nos compra — comenta Andrea mientras oímos una ambulancia pasar. La calle del Starbucks suele ser muy ruidosa.
Enamoramiento, deudas, adicciones forzadas, aislarlas, traslados y manipulación son algunas de las técnicas utilizadas por los proxenetas, según Mónica Díaz, asesora jurídica de violencia de género de origen español.2 El transporte no suele ser algo en lo que se piensa al momento de divagar sobre el comercio sexual, pero, en realidad es una tarea que, en ocasiones, depende de los proxenetas, de las propias trabajadoras, o incluso de personas particulares que reciben dinero a cambio de trasladar a las mujeres del rubro. Ese fue el caso de Becky, quien comenzó en este trabajo a raíz de su empleo como chofer.
— ¿Qué te llevó a entrar en el trabajo sexual? ¿Cómo fue ese proceso inicial?
— En Antofagasta tenía un negocio de transporte y me dedicaba a mover a las chicas hacia los domicilios a los que iban a prestar sus servicios. Hasta que un día conocí a la proxeneta y me ofreció trabajar con ella: ‘Vente conmigo, te iría muy bien y bla bla bla’. Entonces era eso versus lo que ocurría en mi casa: el diario vivir, la monotonía y el marido.
Becky menciona que gracias a la proxeneta pudo sacar provecho de sus habilidades y generar ingresos con su cuerpo. Asegura que no tiene planes de dejar de trabajar en la industria, ya que le gusta ganar dinero en algo que se considera buena haciéndolo.
Por otro lado, desde Viña del Mar, La Diabla relata que la relación con su proxeneta estuvo marcada por altibajos. De las 15 mujeres que formaban parte del grupo, él decidió acercarse más a ella y la consentía con lo que quisiera. Prácticamente, vivía una vida de lujo, entre salidas a hoteles y buenos restaurantes, pero aquellos placeres terminaron hundiéndola aún más. Con el tiempo, y sumida en constantes cuestionamientos, recuerda: “Me di cuenta de que me pagaba mucho más que a mis otras compañeras. Me enojé”, luego de eso, volvió a caer.
Con los ojos llenos de lágrimas y la vista fija en la plaza en donde, cuando era pequeña, su risa y la de sus amigas solían llenar el aire, nos comenta sobre los días que pasó en rehabilitación en el sur del país. La viñamarina tenía claro que él, con una precisión calculada, sabía cómo manipularla psicológicamente. Le enviaba dinero a diario, estaba siempre presente en los momentos de debilidad que él mismo le había provocado, alimentada por las adicciones que le causaban el consumo de drogas y alcohol.
Dolores, la mujer de 28 años, habla con una voz cargada de tristeza. “Tengo que mentalizarme todo el día y ponerme en un personaje. Soy muy insegura, y en ese momento simplemente tienes que actuar y decir: ‘Aquí vengo yo, doña confianza’. Es como un juego mental”. Añade que cuando hay proxenetas involucrados, la envidia y la hipocresía entre las trabajadoras aumentan. Recuerda que trabajó por primera vez con un proxeneta en un cabaret, un lugar oscuro e iluminado por luces de neón, donde dormía de día, se organizaba por la tarde y trabajaba por la noche. Explica que cuando los clientes se emborrachan y las insultan, suelen confrontar al proxeneta directamente.
La psicóloga clínica y sexóloga Pía Pavez, quien se distingue por su imagen empoderada, atiende nuestra entrevista desde el aeropuerto de Punta Cana, a pocas horas de tomar un vuelo de regreso a Chile. En la conversación, señala: “Este trabajo puede afectar la sexualidad de la persona, llevándolas a hipersexualizar sus acciones, como también a una desconexión completa respecto a su sentir, su erotismo y su placer”.
Es una figura invisible que, desde las sombras, entreteje una red de conexiones que une a las trabajadoras con sus clientes. Va entrelazando hilos de poder, control y dependencia, que se extienden en todas direcciones, desde la coerción física hasta la manipulación psicológica. Esta red no se sostiene solo en la transacción económica, sino que convierte a las trabajadoras en mercancías, despojándolas de cualquier autonomía y sometiéndolas a una voluntad ajena. El proxeneta no es solo un intermediario: es el arquitecto de un entramado que redefine la vida de las mujeres bajo su dominio.
Mirar de cerca
La Plaza de Armas de Santiago, no solo es un punto neurálgico de la capital, sino que también ha sido, históricamente, un epicentro del comercio sexual. Entre el bullicio y el rápido flujo de personas, este lugar cuenta con una realidad paralela que muchos prefieren no mirar de cerca.
Fuera del Metro el ruido abunda. Una niña mira atentamente a la estatua viviente de color dorado y sus padres le toman una foto. En el centro histórico de Santiago sucede de todo. Hay una mezcla ecléctica de acentos, niños, adultos mayores, artistas callejeros, carabineros a caballo, personas en traje y hombres parados frente al edificio Portal Fernández Concha, que en sus comienzos fue de los hoteles más icónicos de la ciudad, y hoy es conocido e investigado por frecuentes casos de trata de personas, prostitución y actividades delictuales.
El portal
“Hay departamentos que en dos semanas acumulan más de 1.500 visitas. En algunos momentos del día ingresan al edificio prostitutas con sus clientes cada un minuto. Hay varias investigaciones judiciales en curso, porque la Fiscalía detectó que allí operan bandas criminales “multipropósito”, que se dedican a la trata de personas y a la explotación sexual de mujeres”.
Fuente: Ciper, 2023.
Bajo la sombra de una banca, mientras compran un helado a un vendedor ambulante para soportar los casi 30 grados que azotan la capital, una pareja de hombres de la tercera edad mira con confusión cuando se interrumpe su conversación.
— ¿Viven aquí?
— Sí, de toda la vida.
— ¿Y frecuentan la plaza?
— No veníamos hace casi diez años, está muy malo acá y uno nunca sabe si te pueden hacer algo.
Al ver desde otros ángulos, no hay nadie con un cigarrillo prendido, pero el negocio de Don Alberto tiene un par en el mostrador a $500 pesos.
— ¿Usted cree que hay proxenetas acá?
— No lo creo cabrito, lo sé. Tú tení que mirar a esos tipos que te ofrecen los cortes de pelo y todas esas huevadas, después se les acercan todas las chiquillas porque trabajan juntos.
Empezaron a aparecer los factores sospechosos. Grupos de tres o cuatro hombres ríen entre ellos, abrazan a las chicas y conversan. Es casi como si lucieran un uniforme con sus jockeys hacia atrás y los pantalones cayendo. A unos 20 metros, hay un chico de unos 25 años junto a las oficinas de información turística.
— ¿Oye y cachái si las trabajadoras se paran solo en la noche?
— No, fíjate ahora. En la esquina de Catedral, están todas de doce a doce. Yo llego a las ocho de la mañana y ya están acá.
— ¿Y sientes que ha aumentado la delincuencia o la sensación de inseguridad?
— Mira, acá en la plaza, no siento que específicamente por las prostitutas, porque históricamente se han parado acá. Por otras cosas, claro que ha aumentado…
Como aquellos que frecuentan la Plaza de Armas trabajan cerca de las profesionales del sexo, hay personas que podrían ser consideradas trabajadoras sexuales, pero no precisamente por ofrecer servicios.
De la cordillera a la costa, el paisaje cambia, pero las historias persisten. A la derecha, la laguna Sausalito y a la izquierda las oficinas de los docentes. Entre vueltas y vueltas, una profesora salió al rescate: “A esta hora sigue en clases, espérenla ahí”. Mientras emanaba el humo del cigarrillo y esperábamos en la escalera, escuchamos una voz. Unos anteojos grandes, un tomate y varias carpetas bajo su brazo. Era Jacqueline Espinoza, profesora del área de Psicología Comunitaria de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
En su oficina llena de libros escritos por ella y otros de autores internacionales, nos explica que lleva más de una década dedicándose a la investigación de este tópico.
— Y ¿Cómo definiría el trabajo sexual?
— Como trabajo.
Su decisión de estudiar este mundo desde cerca surgió en una conversación con su profesor de doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona, que le sugirió la idea de observar las prácticas de comercio sexual en el norte de Chile. Así fue como ella comenzó esta trayectoria. Se contactó con “La Tía Condón”, una dirigente de la Fundación Margen que se dedica a repartir preservativos en todos los centros urbanos de la zona norte del país.
Schoperías, night clubs, casas privadas, departamentos, cafés con piernas, entre otros espacios, son los lugares que frecuenta hasta hoy para “generar conocimiento, especialmente para ir en contra de la estigmatización”. Voluptuosas, estereotipos. Ninfómanas, estereotipos. Vectores de contagio, estereotipos.
Su objetivo jamás ha sido darles una voz a estas mujeres, pues ya la tienen. Jacqueline Espinoza es una aliada de las trabajadoras que son juzgadas por dedicarse a este rubro y su objetivo es educar desde el privilegio de la docencia.
— Si me preguntan cómo me siento en ese contexto –dice-, la respuesta es conociendo a mujeres que tienen hijos y enfrentan diversas problemáticas cotidianas.
De vuelta en Viña del Mar, en medio de sus poblados cerros, se encuentra la casa de Pantera, quien entiende que amar a alguien que entrega su piel a otros es como sostener entre las palmas de sus manos el filo de una espada.
El calor abunda en el cerro y los gatos maúllan con nuestra llegada. Con su pelo platinado al viento, nos recibe en la terraza de su casa. Un hogar antiguo, en que las paredes con pintura agrietada hacen sentir que es un lugar con historia. Prendemos unos tabacos y la conversación fluye con naturalidad.
— ¿Cuándo te enteraste de que tu expareja se dedicaba a la prostitución?
— No me lo contó a mí en privado; estábamos en una fiesta, yo no la conocía y lo mencionó. Era muy abierta con el tema.
A pesar de que surgió el amor, también brotó la desconfianza e incertidumbre, el miedo al contagio. Establecieron límites claros: su pareja no le contaría nada de su trabajo y harían como si nada pasara. Pero no dio resultados.
— ¿Fue una experiencia placentera?
— No, vivía preocupada de que le pasara algo, de que nos pegáramos algo, por su salud, por su integridad. Es bastante estresante.
— ¿Crees que se puede compatibilizar una relación con el trabajo sexual?
— Claro que se puede, siempre desde un diálogo muy abierto, más allá de sus implicaciones, pero yo no pude.
Un día dejó de llegar a dormir junto a ella; al parecer, sus caminos eran incompatibles. Sin embargo, Jacqueline probablemente siga recorriendo los cafés con piernas de Iquique y el Portal Fernández Concha continuará recibiendo a sus clientes, mientras todo sucede en la plaza.
“Este trabajo puede afectar la sexualidad de la persona, llevándolas a hipersexualizar sus acciones, como también a una desconexión completa respecto a su sentir, su erotismo y su placer”, dice la psicóloga clínica y sexóloga Pía Pavez.
¿Dejar ir o seguir?
Cuando La Diabla dejó el trabajo sexual, le pareció que el mundo se acababa para ella; sus padres se enteraron, pues les contó y pasó siete meses aislada en su casa de campo para combatir su adicción con las drogas. Pero el mundo proseguía su marcha. Andrea pretende continuar en el rubro, porque es la manera más efectiva de solventar sus gastos, y lo mismo hará Luciana, con el objetivo de “avanzar rápido”. Becky seguirá yendo a dejar a su hijo y recibirá clientes mientras él está en la escuela, pues los hombres la han defraudado mucho y quiere seguir viviendo su sexualidad. Luciana persistirá en su lucha contra los bloqueos emocionales que le ha generado esta profesión. Dolores proseguirá disociándose hasta encontrar un trabajo que le dé las mismas ganancias, pues por el minuto no advierte una salida, pero apenas llegue una oportunidad, la tomará.
¿Quieren seguir ahí? Algunas sí y algunas no, pero creer que pueden decidirlo es ingenuo. El trabajo sexual tiene distintas visiones, distintas historias y distintas razones, pero –según datos de BioBioChile– hay más de sesenta mil personas que viven de esta profesión.
Por el momento, lo que es llamado como el oficio más antiguo del mundo se mantendrá tal como está: las despedidas de soltero, los burdeles y los encuentros en la vía pública seguirán siendo parte de la cotidianeidad de las profesionales del sexo. Pero detrás de cada encuentro hay algo más que una transacción y un orgasmo: hay vidas, sueños y lucha. Y quizás, solo quizás, al comprender esto, podamos comenzar a mirar el trabajo sexual desde otro lugar.
Entonces, ¿el periodismo y el trabajo sexual son amigos? Los reporteros tienen una tarea pendiente: dejar de mirar desde el borde y adentrarse en estas historias con el respeto y la profundidad que merecen. Porque detrás de cada número, de cada rostro y de cada palabra, hay una humanidad que no puede seguir siendo ignorada.