Niños ludópatas: apostar sin entender las reglas del juego

La ludopatía dejó de ser un problema de adultos. Entre universitarios, los casos ya encendieron las alarmas. Pero hay otros que están peor: niños y adolescentes en edad escolar acceden sin barreras a plataformas de apuestas online, en un escenario marcado por la normalización, la falta de regulación efectiva y el rol clave de redes sociales e influencers.

Tomás tiene 16 años. Sale del colegio, tira la mochila en la pieza y se encierra con el celular en la mano. A veces juega videojuegos; otras, simplemente scrollea en redes sociales durante horas.

En  su casa no hay mayores preocupaciones. Sus papás trabajan casi todo el día. Creen que, como cualquier adolescente, pasa demasiado tiempo frente a una pantalla, pero asumen que es cosa de la época. Nada que no se repita en otras casas.

Pero desde hace un tiempo, algo cambió. 

Tomás ya no juega solo por entretención. Revisa su celular con ansiedad, incluso en clases. Se irrita cuando no puede conectarse y duerme cada vez menos. Ha perdido dinero que ni siquiera era suyo. Pide prestado a sus compañeros, ha sacado a escondidas objetos de valor de su casa para venderlos a un precio irrisorio y tener plata rápido. Llegó incluso a sacar la tarjeta de crédito de su papá, sin permiso. Pierde y vuelve a perder. Y cada vez que eso ocurre, vuelve a intentarlo. Se engaña diciendo que la próxima vez será distinto. Y en ese ir y venir ha botado un millón de pesos. Dice que va a recuperarlo. Que esta vez sí, como si fuera un juego cualquiera, donde basta con iniciar una partida nueva.

Tomás es el nombre que elegimos para contar esta historia, basados en información real compartida por sicólogos que han tratado a niños ludópatas. En la lista de casos podría haber Tomás, Carlos, Matías y muchos nombres más. Por tratarse de menores de edad cuesta contar sus historias, en parte porque sus padres no quieren exponerlos o se avergüenzan de haberse dado cuenta demasiado tarde.

Su historia reúne rasgos que especialistas identifican de forma recurrente en menores con problemas de juego: impulsividad, dificultad para controlar la conducta, aislamiento y una relación cada vez más problemática con el dinero.


“Si bien no siempre apuestan dinero, van desarrollando una simulación. Pasan de la moneda virtual de los videojuegos al dinero real”, advierte Stefanie Fischer, psicóloga de la fundación Agrupación de Jugadores en Terapia (Ajuter).

No ocurre de golpe. Se instala de a poco, casi sin que se note. Lo que empieza como juego termina convirtiéndose en otra cosa.

El problema, explica, no es inmediato, sino progresivo: en ese tránsito aparecen “sesgos, ilusiones de control y pensamientos irracionales” que sostienen la conducta. Y no afecta a todos por igual. “Suele darse más en niños vulnerables, que se exponen más y tienden a aislarse. Esto genera síntomas de abstinencia, dificultades para dormir y un deterioro en su vida cotidiana”, agrega.

No todos llegan ahí. Pero hay ciertos perfiles más expuestos. 

Ya sea en adultos, adolescentes o niños, suele ser más vulnerable aquella persona con mayor impulsividad, especialmente debido a la dopamina que genera. Según Fischer, “esto se debe a la intermitencia del juego. Ganan o pierden, pero siempre están ahí. Y ese nivel de no saber cuándo van a ganar, y que no siempre ganan, esa intensidad de la recompensa es finalmente lo que los mantiene y los hace adictos”.

Con el tiempo, lo que parecía un hábito inofensivo empieza a ocupar cada vez más espacio en la vida del menor.

Fischer dice que “la ludopatía es una adicción conductual. De acuerdo a la OMS, es algo crónico, al igual que las drogas, el alcohol, etcétera. No se va a quitar. Sí se puede lograr la rehabilitación pero siempre va a estar ahí”.

Juan Pablo Wesphal, psicólogo clínico educacional, lo ha visto en primera persona. “Recuerdo el caso de un adolescente que estuvo entre tres y cuatro años en tratamiento. Sus papás lo trajeron después de darse cuenta de que les había sacado dinero y que habían desaparecido cosas de la casa”. Según relata, el joven llegó a apostar cerca de un millón de pesos antes de abandonar el proceso. “Nunca más supe de él. Ese es el mayor riesgo: cuando no se trata de forma sostenida, la persona no logra salir del ciclo”, agrega. Y las consecuencias no se detienen ahí. “En la adultez pueden ser mucho más graves, llegando incluso a personas que pierden todo, hasta vender su propia casa”.

Lo que ocurre con Tomás —o con quienes se parecen a él— no es un caso aislado. En Chile, el fenómeno de las apuestas online en menores ha crecido de forma silenciosa en los últimos años. Sin cifras oficiales claras, pero con señales que se repiten en consultas, colegios y entornos familiares.

Más de uno de cada diez adolescentes entre 12 y 17 años ha apostado en el último año. Dicho de otra forma: en una sala de clases promedio, al menos dos o tres ya han apostado.

No es el único dato que preocupa. La gran mayoría ha estado expuesta a publicidad de apuestas en redes sociales. Ahí aparece otro elemento clave: la normalización. 

Más de la mitad de los jóvenes siguen a influencers que promocionan apuestas. Y un 30% ha interactuado con ese contenido: lo comenta, lo comparte o simplemente le da “me gusta”. 

Pero no todo ocurre en redes sociales. El entorno cercano también influye, especialmente en hombres. El estudio revela que seis de cada diez hombres son invitados a apostar. Mientras que un 44% dice ser invitado con una alta o moderada frecuencia a hacer lo mismo. Y conocer a alguien que apuesta puede triplicar la probabilidad de empezar.

Lo que suele pasar es que “un compañerito empieza a apostar y eso genera pertenencia. Se instala como algo grupal, como ‘apostemos entre todos’”, explica Fischer. 

Wesphal va más allá: “Hoy el gran problema no es solo la conducta, sino la falta de regulación: las plataformas de apuestas están al alcance de todos, incluso de menores de edad. Como sociedad, vamos muy atrás en ese control”.

En ese escenario, el rol de los adultos se vuelve clave. “Los padres deben supervisar activamente lo que hacen sus hijos en el mundo digital”, sostiene.

La exposición, dice, ya es visible en la vida cotidiana. “He visto a estudiantes en plena clase, ansiosos, revisando sus apuestas en el celular”.

Frente a esto, algunas medidas comienzan a aparecer. “Valoro que en ciertos colegios se haya empezado a restringir el uso de teléfonos”, señala. Y va más allá: “Recomiendo no entregar teléfonos móviles antes de los 13 años, porque la exposición temprana aumenta considerablemente los riesgos”.

Pero en un entorno donde las apuestas se esconden entre pantallas, recompensas y redes sociales, la diferencia entre jugar y apostar se vuelve cada vez más difusa. Y para muchos menores, ese límite simplemente deja de existir.

Sin embargo, ese límite no solo depende de los adolescentes. También depende de las reglas del juego.

En Chile, las apuestas online siguen operando sin una regulación específica que establezca límites claros ni mecanismos obligatorios de control.

“Estamos frente a un mercado que no está regulado y que funciona en una zona gris de la legislación actual. No hay un reglamento que obligue a verificar la edad de quienes ingresan”, explica Nicolás Birchmeier, experto en regulación de juegos de azar.

En la práctica, eso significa que cada plataforma define sus propias condiciones.

“Algunos operadores aplican protocolos de verificación, pero no están obligados a hacerlo. Depende de cada empresa”, agrega Birchmeier.

En otros casos, las barreras son mínimas.

“Hay plataformas donde basta con ingresar un correo electrónico para empezar a jugar. Ese tipo de mecanismos, mucho más laxos, permiten el acceso de menores sin mayores restricciones”.

El resultado es un sistema donde el control no siempre está garantizado.

Y donde, en la práctica, la responsabilidad se diluye entre usuarios, familias y empresas.

“Hoy no existen sanciones específicas para las plataformas que permiten el acceso a menores, porque no hay una normativa que lo regule”, advierte.

Mientras el debate avanza en el Congreso, el acceso sigue abierto.

Y en esa zona gris —sin reglas claras, sin fiscalización efectiva—, la diferencia entre jugar y apostar no solo se vuelve difusa.

También se vuelve peligrosa.

Y cuando alguien finalmente lo nota, muchas veces ya dejó de ser un juego. Para entonces, Tomás —o cualquiera que se le parezca— ya está apostando.