La Casa de los Espiritus 

Adaptación de Rosario Méndez Berroeta

La vida de Esteban Trueba había cambiado radicalmente desde la muerte de Rosa. Descubrió oro, muchísimo oro que había estado buscando durante años. Su madre, doña Ester Trueba, murió después de una larga y difícil enfermedad. Y ahora que ya estaba libre, tenía la vida que tanto había buscado y no tenía la obligación, junto a su hermana Férula, de cuidar a su madre, decidió que era momento de crear una familia. Pensó entonces en ir a la casa de los del Valle para consultarle a Severo si es que tenía alguna otra hija a la que le pudiera pedir su mano. Días antes de que Esteban llegara, pasó algo que salvaría a la familia del Valle para siempre. Clara, con la ayuda de sus cuadernos de anotar la vida, vio el destino que le esperaba a su familia si es que se casaba con Esteban Trueba. En vez de quedarse de brazos cruzados y aceptar ese destino, decidió actuar para salvar a su familia, a sus futuros hijos Jaime y Blanca, y a su futura nieta Alba.

De pie frente a sus padres, con Barrabás echado a su lado y la tarde entrando por las ventanas del salón, Clara del Valle rompió su silencio y dijo: «Mamá, papá, no me puedo casar». Y después de esa frase, les habló de la violencia que consumiría Las Tres Marías, del odio que Esteban sembraría en los trabajadores, del nacimiento de Blanca y Jaime, de su propia muerte, de la muerte de Barrabás, quiebre sangriento que partiría al país entero en el futuro y de cuánto su familia iba a sufrir con todo ello.

Cuando terminó, Nívea se persignó tres veces y Severo pensó que su hija se había vuelto loca por el trauma de perder a Rosa. Aun así, la obligó a casarse con Esteban cuando viniera a pedir su mano. Pero cuando Clara y Esteban se encontraron, ella le dijo que su destino era estar con él, y también le contó, sin ahorrarse ningún detalle, todo el horror que los esperaba. Él, siendo un hombre pragmático, quedó helado. Aunque su orgullo le gritaba que eran tonterías de mujeres, el miedo se instaló en todo su cuerpo y no se fue. Después de que Clara le rogara que se casaran pero que hicieran algo para proteger a la familia que vendrían a tener, ellos unieron sus caminos, aunque la dinámica entre los dos cambió para siempre: Esteban ya no veía a Clara solo como su esposa mística y a veces loca, sino como un espejo incómodo de sus propios demonios.

Después del matrimonio, Clara, Esteban y también Barrabás, a quien habían logrado salvar de la muerte por mano humana, se fueron a Las Tres Marías. Cuando llegaron, Esteban intentó ser el patrón estricto y temible que siempre había imaginado ser, pero cada vez que levantaba el látigo o sentía el impulso de abusar de su poder, las palabras exactas de Clara en el salón volvían a él con una claridad que le helaba la sangre. La culpa y el pánico a que todo aquello se cumpliera lo comían por dentro, y por esa razón decidió, por primera vez en su vida, tragarse el orgullo. Empezó a pagar salarios justos, construyó un colegio no por caridad sino por superstición, y trató a los campesinos con un respeto que nacía del miedo al futuro.

Las Tres Marías se convirtió en uno de los fundos más grandes del sur, respetado tanto por la tierra que producía como por la relación que existía entre el patrón, Clara y sus trabajadores. Los niños vivían felices y estudiaban en el colegio donde Clara enseñaba. Blanca creció junto con los otros niños del fundo y desde pequeña anduvo siempre cerca de Pedro Tercero, el hijo del viejo Pedro García. Los hombres y mujeres del campo tenían trabajo justo y una vida digna. Ninguna mujer fue abusada por Trueba; al contrario, Pancha tuvo un hijo con un trabajador del campo al que llamó Esteban, en honor a su patrón.

Cuando Blanca creció, cada verano que pasaba la encontraba más enamorada de Pedro Tercero. Cada vez que podían, se escapaban juntos a alguna pampa escondida entre los cerros, donde se querían y hablaban de todo. Pedro Tercero le habló a Blanca sobre el nuevo presidente que iba a llegar a Chile a cambiar las cosas, y le dijo que él quería ser parte de eso. Ella le respondió que quería irse con él, y acordaron marcharse a la mañana siguiente. Esa misma tarde, cuando Blanca volvió a la casa, su padre la esperaba en el salón. Le preguntó si era verdad que tenía una relación con un trabajador del fundo. Ella, sin miedo de gritar su amor a los cuatro vientos, le dijo que sí y que se amaban. Esteban sintió toda la rabia subirle por el pecho, con unas ganas enormes de ir a buscar a ese hombre y hacerle pagar por haberse metido con su hija, pero en ese momento recordó la advertencia de Clara y se tragó todo eso. Desterró a Pedro Tercero del fundo, pero no le torció ni un dedo. Blanca lo odió por unos días con una intensidad que la sorprendió a ella misma, pero Pedro Tercero decidió irse sin pelear. Antes de partir, le dijo que no estuviera triste, que esa era una oportunidad que tenía que usar para lograr algo más grande, y le prometió que algún día volvería a buscarla y se irían juntos a la capital a vivir, porque iban a ser parte del cambio que el país necesitaba.

Lamentablemente, hubo cosas que Clara no pudo cambiar con la ayuda de sus visiones. El terremoto llegó igual, sacudiendo la tierra con una furia que no distinguía entre ricos y pobres. Dio vuelta Las Tres Marías, dejó a Esteban Trueba con bastón para el resto de su vida, y se llevó vidas que nadie quería perder, entre ellas la de Pancha, aplastada por los muros de su propia casa, dejando a su familia sola en el mundo.

Pasaron los años. A Clara y Esteban ya se le notaban los años encima y volvieron a la gran casa de la esquina. Él se dedicó a la política, aunque nunca llegó a ser senador. Ella remodeló parte de la casa para recibir a gente de distintos rincones del mundo que quisiera conectarse con el más allá, y el salón siempre tuvo visitas. Blanca y Pedro Tercero cumplieron su promesa: se encontraron en la capital, tuvieron una hija a la que llamaron Alba, y los dos se involucraron profundamente en la política de izquierda, en especial en la defensa de los derechos de los trabajadores. Alba siguió sus pasos cuando entró a la universidad, donde conoció a Miguel, parte del mismo grupo, y se enamoraron. Jaime, por su parte, estudió medicina con una dedicación que no le dejaba tiempo para otras cosas, y se convirtió en un médico respetado y querido: el doctor del Valle, lo llamaban. Cuando llegó el golpe de Estado del 73, Blanca, Pedro, Alba y Miguel tuvieron que huir del país, porque quedarse significaba casi con certeza ser capturados y torturados. Jaime se quedó, porque sentía que él tenía que ayudar a los heridos. 

Clara del Valle nunca dejó de conectarse con ese otro mundo que no todos podían ver; siempre sintió y vio cosas que los demás no podían comprender. Al día siguiente de que Blanca, Pedro, Alba y Miguel se fueran de Chile rumbo al exilio, ella pasó todo el día en el patio de la gran casa de la esquina, bajo la sombra de los árboles, pensando en todo lo que había pasado en su vida. Miró sus viejos cuadernos de anotar la vida y comprendió que el destino no estaba escrito en piedra. Recordó la tarde en que rompió sus nueve años de silencio para cambiar el rumbo de su historia. Sabía que el país entero sufría un quiebre sangriento y doloroso, y que la distancia con los suyos era inevitable, pero sonrió en paz. Al final, el horror que alguna vez vio en sus premoniciones no se había cumplido del todo: sus hijos estaban vivos, su nieta estaba a salvo y la cadena de odio se había roto. Rodeada por los espíritus de siempre y con el susurro de los recuerdos, Clara cerró sus cuadernos, sabiendo que su voz había actuado como el hilo invisible que salvó a su familia de la extinción.