Por Sofía Molina Feliú

En el 2023, la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez tuvo un hito del que pocas casas de estudio pueden presumir. Una estudiante de 66 años ingresa a primer año de Pedagogía en Historia y Geografía.
Graciela Zapata hoy cursa su cuarto año de carrera. Su edad no refleja precisamente al común de las personas que, a esas alturas de la vida, ya se consideran adultos mayores. Tiene la energía de varios universitarios juntos, lo único que la delata, es su pelo blanco. En él se reflejan los rayos del sol que atraviesan la ventana de una pequeña sala en donde suele pasar los tiempos muertos entre clases.
Entre recuerdos, reconoce que al entrar a la universidad se enfrentó a un mundo desconocido, y en cierto punto, atemorizante.
– En cuanto a las notas y los estudios me fue súper bien, pero en cuanto al recibimiento y al trato de mis compañeros me costó mucho.
Se encontró con una generación mayormente dividida. Habían salido de una enseñanza media online. Ya no sabían interactuar ni siquiera entre pares de su misma edad. Mucho menos sabían hacerlo con ella.
Para pasar el mal sabor del primer año, Graciela y su hija Alejandra, decidieron contar su historia, y con ello, incentivar los estudios sin importar la edad bajo el usuario de Instagram @abuelamechona.
–Ahora es complicado poder decirle a la gente que estudie si no tiene los medios. Las posibilidades se van cerrando – dice con pesar mientras reflexiona sobre la propuesta que hace unas semanas ocupó parte de la agenda política: gratuidad en la educación superior sólo para personas menores de 30 años.
Graciela admite que si no tuviera gratuidad, no podría estar estudiando.
–Yo con mi pensión gano menos del sueldo mínimo, y si toda la gente se queja que el sueldo mínimo no alcanza, imagínate un jubilado. Cero posibilidades.
¿De dónde nace la vocación docente?
– Yo siempre comentaba con mis hijas que me quedé con el sueño frustrado de entrar a la universidad. Yo egresé de cuarto medio en el 75, y en esos años era muy difícil y caro. –hace una pausa y continúa– Yo como niña de 18 años soñaba mucho, pero poco a poco te vas dando cuenta que es imposible. Y ahí quedó el sueño.
Pese a no tener un título, Graciela comenzó muy joven a hacer clases de teología en la Primera Iglesia Evangélica Bautista de Santiago.
–Mis estudios teológicos no son reconocidos por el Estado, solamente a nivel de iglesias.
Pero la idea de estudiar y ser docente seguía rondando en su cabeza.
– En el año 85 yo me preparé para ser profesora de religión. Me dieron el documento que me daba acceso a poder entrar a cualquier colegio a hacer clases, pero en ese tiempo yo estaba con mi esposo y no me dejó. Y en ese entonces el marido mandaba en la casa y la mujer asumía. – reconoce con resignación.
Su esposo tenía una imprenta que durante mucho tiempo fue el sustento económico de la familia.
– Yo trabajaba para él, pero sin sueldo, sin nada. Él dejaba el molde listo y yo me encargaba de imprimir.
El matrimonio duró 27 años, y terminó cuando ella decidió irse de la casa. Aunque reconoce que sólo por la educación de sus hijas no se separó antes.
“Mamá, te inscribí en la prueba”
Graciela migró de Santiago a Puerto Montt a sus 60 años para ayudar a cuidar a su nieto apenas nacido.
– Me puse a criar. Yo miraba mi futuro y estaba ahí: abuela, cuidando nietos y ya –recuerda con cariño.
Un día cualquiera de julio de 2022, Graciela recibió un llamado de su hija mayor desde Santiago: “Mamá, te inscribí en la prueba”.
– Yo le dije “hija, cómo me inscribiste. Yo no tengo preparación. Matemáticas tu sabes que yo soy nula ¿Qué hago?”
Hasta ese momento, Graciela aún no dimensionaba que ese sería el impulso que necesitaba. Se preparó, rindió la PAES y postuló a Pedagogía en Historia y Castellano.
– Cuando quedé en la universidad fue todo un boom, porque yo ingresé a los 66 años. –hace memoria– Aquí no habían personas tan adultas y menos en diurno. Tú puedes encontrar gente adulta en los vespertinos, claro que nunca tan mayor como yo”.
Graciela postuló a los beneficios estatales del Ministerio de Educación, pero en un principio sólo obtuvo la Beca Bicentenario.
– Mi hija me pagó la matrícula y el arancel mientras apelaba a la gratuidad. Apelé tres veces y a la tercera me salió.
En ese contexto, reflexiona sobre el mensaje que junto a su hija se han esforzado por compartir.
– Nunca es tarde para estudiar, pero ahora va a ser más difícil todavía, porque la educación en Chile es muy cara, y hay que pensar que no solamente se pagan los estudios, se paga la locomoción, los útiles, etcétera.
Graciela está consciente del rumbo que tomó su vida, y sabe que es el camino correcto cuando incluso su cuerpo se lo confirma.
– Estar entre tanto joven me ha rejuvenecido. Y la gente que me conoce me lo dice. Estos años de estudio han sido revitalizantes.