
El escenario es pequeño. Luces bajas, cables que no deberían estar enredados en el suelo, un público que conversa, que a ratos dirige su mirada expectante a la banda, mientras los músicos terminan de afinar. A los ojos de la multitud, todo parece normal: instrumentos, amplificadores, micrófonos. Sin embargo, hay algo que se repite, como una regla no escrita que molesta cual piedrita en el zapato: y es que, la mayoría de los que organizan la tocata, los que están detrás de todo, son hombres.
Y ellas lo notan, siempre. No porque sea nuevo, sino porque es constante.
La música chilena se encuentra en un momento de expansión, las bandas y las tocatas han vuelto con todo. Una cosa fue la masificación de los artistas del género urbano, otra ha sido el renacimiento de la escena emergente alternativa. En los últimos años, se le ha vuelto a hacer justicia al rock nacional, género característico del país que llena de orgullo a todo chileno.
Sin embargo, esta apertura no ha significado necesariamente diversidad. En la práctica, la escena sigue funcionando bajo lógicas que excluyen, limitan y dejan de lado a las mujeres.
Por Martina Becker y José Quintanilla
Ni preguntas, ni felicitaciones, solo críticas
Hay momentos en que la música deja de ser lo importante, deja de ser lo central; el punto de encuentro. No ocurre ni en el ensayo, ni en la composición, ni siquiera en el mismo show, sino en lo que viene después: en una entrevista. En esa conversación después de la despedida, los gritos y los aplausos, ese instante finito en que uno de nuestros colegas decide hacer preguntas, y elige a quién escuchar y darle su atención.
En ese momento, se vuelve visible algo profundo, un fenómeno que llega a dar un poco de vergüenza, y nos lleva a reflexionar: ¿Realmente hemos evolucionado en cuanto al trato hacia las mujeres, o simplemente lo escondemos mejor ahora?
Antonia Holzapfel ya lo ha vivido en carne propia. La vocalista de Anttonias se ha visto inmersa en situaciones que son, cuanto menos, incómodas y desalentadoras quizás para quien lee. No necesariamente con gestos evidentes, sino en pequeños detalles que, acumulados, terminan construyendo una jerarquía inmensa de desprestigio e invisibilización. No es solo ausencia, también es desplazamiento.
“Me ha pasado (en entrevistas) que toman más en cuenta a los chiquillos, como lo que ellos vayan a decir. Una vez alguien nos entrevistó y me dio la espalda todo el rato”, relata la cantante.
Y es irónico, puesto que la cara de la Anttonias es precisamente ella, es su nombre, su rostro, ella está al frente. Y aún así, el testimonio de sus compañeros varones es más relevante que el suyo.
Una industria que desde afuera parece abierta, que ha cambiado, y que hoy en día es más diversa. Pero en la práctica, no siempre lo es. La visibilidad es distribuída de una forma no equitativa, y esa diferencia no solo se mide en quién está arriba del escenario, sino en quién es realmente escuchado, validado y reconocido.
“Siento que para los medios solo soy la que canta y la cara visible”, agrega Holzapfel, apuntando a una lectura que reduce su rol dentro de la banda. Lo que queda fuera de esa mirada es su participación creativa, su lugar en la construcción del proyecto, su protagonismo lejos del centro del escenario.
Ese tipo de invisibilización es más difícil de detectar porque no elimina, sino que recorta. Permite la presencia, pero limita el reconocimiento.
“Al hablar de una mujer, se habla distinto. No es de igual a igual”, dice.
Así mismo es como incluso el éxito puede volverse incómodo. Cuando una banda con una mujer al frente logra visibilidad, las explicaciones tienden a desviarse. Aparecen cuestionamientos que no necesariamente recaen sobre la música, sino sobre factores externos que buscan justificar ese lugar.
“El odio a Anttonias también va en parte porque yo soy mujer”, afirma.
Así, la invisibilidad no siempre significa no estar. A veces significa estar, pero no en las mismas condiciones.
Y tienen que ser bonitas, sino no vale
Antes de la canción, primero entra la vista, lo físico, la imagen. La forma en que una mujer decide mostrarse (o no hacerlo) dentro de la escena.
“Siempre se espera más de las mujeres”, dice Renata Pérez, guitarrista y cantante de la banda emergente Antígona. No solo en lo musical, sino también en cómo se ven, cómo se presentan, cómo ocupan el espacio. Esa expectativa no es neutral, sino que busca imponer un estándar.
Mientras los hombres pueden moverse con mayor libertad estética evitando críticas certeras, las mujeres quedan atrapadas en una tensión constante: responder a lo que se espera o resistir hasta lo que puedan aguantar.
Esa presión no siempre es directa, pero sí constante. Aparece en comentarios, en redes sociales y en la forma en que el público interpreta lo que ve arriba del escenario. Incluso cuando no hay intención de sexualizar, la lectura se impone de igual forma. La percepción externa termina construyendo un relato que muchas veces no coincide con la propuesta artística.
En otros casos, esa lógica se internaliza. La sexualización deja de ser solo una imposición y pasa a ser una estrategia dentro de una industria donde la visibilidad tiene reglas claras.
“Hay artistas que buscan la sexualización porque eso es lo que vende más”, plantea Pérez. Pero esa decisión no ocurre en un vacío, sino dentro de un sistema que premia ciertas imágenes y castiga otras.
El problema no es solo la sexualización en sí, sino la dificultad de existir en la escena sin ser leída desde ahí. Y este problema no ocurre solo en los sectores más independientes o pequeños, sino también en escenarios más grandes.
Tras su presentación en el festival REC 2026, la cantante Coni Lewin, integrante de Supernova, publicó un video en sus redes sociales donde denunció diversos comentarios que recibió sobre su cuerpo. Estas críticas no apuntaban a su música, sino a su apariencia y edad. “‘¡Ay, que están guatonas!, ¡Ay, que están viejas!’. Loco, tengo 43 años y no pienso verme de 15 solamente para satisfacer tu necesidad”, reafirmó, en respuesta a quienes exigen una imagen juvenil como la de hace algunos años.
Pero esa presión sobre el cuerpo no aparece solo en la adultez. En muchos casos, comienza mucho antes. La cantante Christell Rodríguez, conocida desde su infancia por su alta exposición mediática, ha sido objeto constante de comentarios sobre su apariencia física a lo largo de toda su carrera musical, llegando incluso a alejarse de este mundo.
Desde su paso por la televisión cuando era niña hasta su desarrollo como artista adulta, su imagen ha sido discutida, evaluada y cuestionada públicamente y sin filtros. En redes sociales, sus publicaciones suelen ir acompañadas de opiniones sobre su cuerpo, su peso o su apariencia, muchas veces por sobre su trabajo artístico.
Se contactó con ambas artistas para conocer sus versiones. Al cierre de esta nota, no obtuvimos respuesta de ninguna.
Lo que ocurre con Christell amplía el problema: no se trata solo de sexualización, sino de una vigilancia constante sobre el cuerpo femenino, incluso desde edades tempranas. Una exposición que no necesariamente desaparece con el tiempo, sino que se transforma.
Ahí aparece una de las contradicciones más complejas de la escena: la línea entre exposición y validación. Porque mientras más visible se vuelve una artista, más expuesta queda a ser leída desde su imagen. Y mientras más se aleja de ese molde, más difícil puede volverse su circulación.
La música, entonces, deja de ser el único eje, y termina por perder ese espacio que tanto costó ganar contra una mirada que siempre buscará reducir la imagen a algo sexual frente a lo artístico.
Tras bambalinas
Antes de que una banda toque, hay una red invisible, poco mencionada, que define quién llega, quién circula y quién se queda fuera. Espacios de producción, gestión, contactos y decisiones. Lugares donde la música todavía no suena, lugares donde el supuesto conocimiento y los prejuicios ya juegan su juego.
“Cuando hemos trabajado para producir una canción, todos los productores son hombres”, cuenta Martina Letelier, tecladista y vocalista principal de Antígona, compañera de Renata.
No es una excepción, es una constante. La escena no solo está masculinizada en quienes tocan, sino también en quienes organizan, gestionan y validan. Ese dominio no siempre es explícito. Muchas veces funciona como inercia, como una forma de operar que se repite sin cuestionarse y que tampoco se abre a incluir a nuevas caras ni nombres distintos a los que ya se encuentran dentro de esta. La dificultad no está solo en entrar, sino en mantenerse.
Los sesgos dentro de la escena musical chilena operan de forma más silenciosa. “Hay hombres que se sorprenden muchísimo de las capacidades de una mujer. Por ejemplo, que sepa producir o dirigir espacios de hombres”, explica Martina. Un gesto que puede parecer menor, o que tal vez sea algo común para todos los artistas, el saber producir una canción, pero que revela una expectativa más profunda: que ese lugar no les pertenece del todo, no son realmente tomadas en cuenta a la hora de hacer un trabajo musical más complejo.
La consecuencia es una escena donde el talento no siempre es suficiente. Moverse implica entender códigos, generar redes, adaptarse a dinámicas que no fueron pensadas para incluir. Y aunque en los últimos años han surgido más espacios para mujeres, el cambio sigue siendo lento. Porque el problema no está solo en quién aparece, sino en quién decide.
¿Y las cantantes solistas?
A pesar de todas estas experiencias desalentadoras, al menos estas chicas tienen más compañeros de banda donde apoyarse: el trabajo se divide en 4 o 5, las injusticias y los descontentos se pueden conversar.
Sin embargo, ser cantante mujer y además ser solista añade una carga aún mayor, y surgir se vuelve una tarea mucho más sacrificada: es la artista y su sueño contra el mundo.
“Me ha tocado trabajar más con hombres y ha pasado que algunos me han dado feedback que, en esos momentos, no solicité”, cuenta SOF, artista emergente chilena que partió hace muy poco con su carrera en solitario.
Con una presencia inmaculada en redes sociales, donde todos los días comparte videos para promocionar su proyecto musical, SOF ha tenido que hacer un esfuerzo aún mayor para tener un nombre en la escena.
Y se ha visto enfrentada a tener que tomar decisiones pensando más en cómo va a funcionar en redes que en lo que realmente quiere hacer: “Lamentablemente hoy en día es importante tener un gancho visual para que la gente se quede unos segundos más para escuchar tu música”, explica.
“La forma en que cruza ser mujer en esto es en lo mucho que me preocupo en cómo me veo y la producción del look, el outfit, el maquillaje”, añade. El foco debería ser la música, ese debería ser el contenido principal, más aún así las mujeres tienen la preocupación extra de verse muy bien.
SOF comenta que, a primera vista, la imagen es lo que hace que la gente quiera escuchar la música de artistas independientes como ella. Y cree que el “cómo se ve” sí tiene un impacto en sus oyentes.
“Creo que si mi música no fuese decente, la gente no me seguiría por ella, sino porque soy linda”, dice la cantante. “Soy consciente de que tener una estética o apariencia atractiva facilita un poco que la gente le dé una oportunidad a tu música”.
La escena musical chilena ha crecido y arrasado en los últimos años, se ha diversificado y ha encontrado nuevas formas de presentarse ante un público mucho más exigente. Pero bajo esa expansión, muchas de sus lógicas y cualidades siguen intactas. La invisibilidad, la sexualización y las barreras de acceso no operan por separado, sino como parte de un mismo sistema que define quién es escuchado, a quién se le da más pantalla, cómo es mirado y hasta dónde puede llegar su éxito. No se trata solo de sumar más mujeres encima de los escenarios, sino de cuestionar las estructuras fundamentales que históricamente han limitado su particiación. Mientras esas reglas no cambien dentro de la industria chilena, la música seguirá avanzando como siempre, pero no necesariamente hacia un espacio más justo.