Pulmahue en llamas: la cicatriz ignorada del terremoto

Primero fue un ruido, como si algo se rompiera desde dentro. Luego, el movimiento y la ciudad quedó en el suelo. Cuentan que las llamas cubrieron, incluso, la cima. Desde entonces, el rumor persiste: no solo es el cerro más alto de La Ligua, sino algo que duerme bajo la tierra. ¿Qué tan real fue aquel fuego que trizó la memoria de todo un pueblo por más de sesenta años?

Por Angelo Geovanny Cosmelli Vega 

  

Llego corriendo a la casa de mi abuela. Antes de cruzar la puerta observo el majestuoso cerro Pulmahue, que hoy luce un par de antenas en la cima, a 1.158 metros sobre el nivel del mar, y miles de paltos en sus laderas. Después, y como cada vez que entro a esa vivienda, mis ojos se detienen en el viejo mueble de fierro que vigila el comedor. Ha estado ahí desde siempre. Los adornos cambian, también las fotos, las flores y hasta los vidrios que lo cubren. Pero él no. El mueble resiste. Como si no pasara el tiempo o como si algo en él se negara a salir. 

—Letty —le pregunto entre risas—, ¿alguna vez moviste ese mueble para hacer aseo? 

Ella me mira. Primero sonríe, como si le hiciera gracia. Pero luego su rostro se pone serio, casi grave. 

—Ese no se mueve con nada. La única vez que se corrió fue cuando se abrió el Pulmahue. 

Enmudezco. No tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Como si hubiese abierto un recuerdo que quería olvidar. Entonces mi prima, que escucha desde la cocina, interviene con una frase que en esta ciudad ya suena como un dicho: “Si hasta tiene forma de volcán”. 

Una grieta se abre entre las risas y el silencio. ¿Será verdad? ¿De verdad vieron fuego salir del cerro? ¿Y si lo del Pulmahue no era solo un invento para asustar a los niños, como La Llorona o El Viejo del Saco? ¿Fue real la cicatriz de fuego que dejó el terremoto de 1965, o es solo un mito lleno de miedo y asombro? 

  

Un mito es una quebrada entre la realidad y la fantasía. Nace de lo vivido o lo imaginado y asienta en lo fantástico. Su realidad es cambiante y en ese misterio encuentra su fuerza. Pasa de voz en voz, moldeado por el tiempo y quien lo cuenta. Como el río Ligua que adapta su camino, el mito se transforma. Para hallar su origen, hay que observar el paisaje histórico que lo vio fluir por primera vez.  

Como el río en esos años, fluye también la conversación con los sobrevivientes de la tragedia. Hablan como personas que nunca fueron escuchadas, recuerdan y escupen información como si aún estuvieran sorprendidos por no creer lo que vieron. Hoy, el cauce de ese mito se va secando, junto con el río. La memoria se desvanece con quienes lo vivieron. Y, sin embargo, persiste y conserva su espacio propio en las conversaciones de la ciudad, esperando que alguien vuelva a mirar con atención la cicatriz que dejó el terremoto. 

Pero hay algo extraño en esto: La Ligua ha sufrido múltiples catástrofes. Tanto así, que con el terremoto de 1971 la ciudad quedó completamente en el piso, se terminaron de caer las pocas casas que quedaron en pie, como si el destino los condenara a recordar ese día. Pero entre tantas sacudidas, una verdad emerge entre todos los testimonios: “no hay ninguno como el del 65″. 

  

La ciudad antes del fuego 

Entrevistar a los sobrevivientes de un terremoto tan escondido en la historia de un país sísmico es una experiencia especial. Las historias empiezan a volver con un pequeño llamado; nunca los miraron y hoy son invitados estelares en la conversación. Me siento en la mesa de la cocina y saco la libreta. Ellos hablan. Recuerdan. Y yo escucho. Es un domingo cualquiera, como tantos otros. 

El 28 de marzo de 1965 a las 10:30 horas de la mañana, Luis Cosmelli, entonces un adolescente de 16 años, salió de su casa rumbo a la plaza mientras su abuela se quedaba preparando el almuerzo. El calor no era insoportable y el cielo estaba limpio. Iba a encontrarse con sus amigos. Tal vez pensaron en jugar, conversar o mirar pasar el día y a las personas que acostumbraban a pasear por el centro. Era domingo, después de todo. 

La ciudad de La Ligua se levanta en un valle. A un lado, un cerro densamente poblado y urbanizado, donde vive mi abuela Letty. Al otro, el cerro Pulmahue, cubierto por parcelas, cultivos y antenas de telecomunicaciones que entonces no existían. El valle separa esos dos mundos. 

Al mediodía, en casa de los González, María esperaba que su madre terminara de cocinar. La mesa estaba puesta. Todo avanzaba sin prisa. En esa época, todo se hacía sin apuro… hasta que algo increíble cambiaría todo. 

A esa hora, Luis se despidió de sus amigos y tomó rumbo a su casa, donde estaba su abuela. Un poco más arriba, en la parte alta de La Ligua, Letty Mena jugaba con sus hermanos en el living. Reían, se empujaba, corrían por entre los muebles. El mismo mueble que hoy sigue ahí, inmóvil. 

La ciudad respiraba sin saber que está a punto de quebrarse. No había indicios ni anuncios de lo que ocurriría. Solo la normalidad. La olla hervía, las calles estaban tranquilas, los niños reían. Todo estaba en su sitio. Y de acá nace el mito ¿pero por qué? Porque la realidad se vuelve insoportable. Porque hay cosas que no se pueden explicar con cifras ni reportes. Porque la tierra tiembla y después de eso, ya nada es igual. 

Y, sin embargo, ahora pienso: ¿Por qué lo recuerdan tan bien? ¿Cómo es posible que cada detalle esté tan nítido, tan intacto después de seis décadas? Algo no cuadra. La memoria no funciona así. A menos que ese recuerdo haya dejado una huella profunda. A menos que no haya sido solo uno de tantos terremotos. A menos que, de verdad, el cerro se haya abierto y haya ardido desde dentro. 

 

Todo en movimiento 

12:33 del día. El tiempo, como los muros, se parte en dos. 

Todo comienza con el ruido. Un murmullo ronco que recorre las paredes, los pisos y se instala en el pecho. En segundos, ese susurro se transforma en un movimiento que lo arrasa todo. Un movimiento que nadie olvida. 

En la casa de los Mena, el mueble de fierro, ese que “no se mueve con nada”, avanza solo hasta el centro del living como si tuviera vida propia. Letty cruza una mirada con sus hermanos. Todo vuela como si el piso bailara una gran cueca zapateada. Como es costumbre en Chile, alguien exclama “¡Está temblando!” y nadie se mueve hasta que de pronto comprenden que no parará pronto. En ese momento salieron disparados a la calle, desde donde los siete hermanos vieron cómo dos de las paredes de su casa se derrumbaban de un segundo a otro. 

Aquella persona mayor que hoy habla con los ojos llorosos sobre sus recuerdos, era entonces una niña. Junto con sus hermanos se aferraron a un árbol para tener el mejor asiento en la película que ninguno de ellos quería ver. Abrazados vieron cómo desde la cima del cerro Pulmahue salía fuego. No lava, no humo, lo recuerda muy bien: fuego. Y después, polvo. Hasta que una nube lo cubrió todo. 

Era domingo, al mediodía. En Santiago, el presidente Eduardo Frei Montalva participaba de una actividad en el aeródromo de Tobalaba cuando la tierra rugió. Según un informe del Instituto de Investigaciones Geológicas de la época, el sismo alcanzó una magnitud 7,4 a 61 kilómetros de profundidad. El diario La Nación lo comparó con la potencia de 30 bombas atómicas. En La Ligua, su epicentro, el desastre ya se había desatado, aunque la noticia que más impactó al primer mandatario y a todo Chile fue, entendiblemente, la catástrofe de El Cobre.1 ¿La Ligua? Ya quedaría tiempo para ver el pueblito del interior. 

Mientras tanto, Luis Cosmelli caminaba por la icónica calle Papudo, que lleva el nombre del famoso balneario y hoy acoge al terminal de buses de La Ligua. Ese día, allí habría un choque en cadena. Como todos los domingos, Luis volvía a casa para almorzar con su abuela. Pero esta vez, el piso se movía y los largos muros que cubrían la avenida bailaban de allá para acá. Con el susto heredado de la abuela aceleró el paso hasta que se encontró parado sobre una tapa de alcantarilla. La tapa se levantó como si flotara y lo lanzó al suelo. Mientras intentaba cubrirse la cabeza, veía cómo las paredes se caían una tras otra, como si fueran pequeñas piezas de dominó, pero no eran piezas, eran casas. Días después, un amigo suyo le contó que desde el río salían chorros de agua, como géiseres. Después, Luis no pudo ver nada más: el polvo de los escombros lo tapó todo. Tapó, incluso, la historia de este terremoto o del “volcán Pulmahue”, que no es reconocida sesenta años después. 

María González estaba en el living cuando comenzó el temblor. Tan rápido como empezó el movimiento, vino a su mente lo que su padre -postrado- siempre les advertía: “Algún día vendrá un terremoto y ese techo nos va a matar”. Su madre y su hermano también pensaron lo mismo y reaccionaron: lo cargaron entre los gritos y los muros que caían. Mientras ellos salían a la calle antes que la casa se derrumbara, María corrió hacia el patio. Quedó separada del resto. No la veían. Su nombre se perdía en los gritos y el polvo. Pero hay una frase que marca nuestra conversación: “Yo pensé que era el fin del mundo”. 

— ¿Por qué pensó eso? —le pregunto, curioso. 

— Porque se me ocurrió mirar el cerro Pulmahue y salía fuego. Mi mamá y mi abuela me contaron que ese era un volcán, pero en el terremoto del 65 yo presencié eso. Y no solamente yo: varias personas —me responde sin dudar. 

— ¿En ese tiempo ya se decía? —cuestiono. 

 Los abuelos decían que ese antes era un volcán. 

 Y después de tantos terremotos, si yo le pregunto hoy, ¿para usted es un volcán? 

 Yo creo que sí. A la edad que tengo, creo que sí —responde María—. Quizás nadie se ha interesado en investigar. El otro día en la tele un mexicano decía que se venía un megaterremoto arriba de 9 grados. Yo le decía al tata: “Huacho, si llegara a ser de esa magnitud, a lo mejor ahora sí que esa porquería explota”. 

En La Ligua, con poco más de 5.000 habitantes, según el censo de 1960, la mayoría de las viviendas eran de adobe, es decir, barro mezclado con paja. Según el informe geológico, fueron afectadas en su totalidad. La iglesia perdió parte de su interior. El libro Catástrofes en Chile, 1541–1992 2 registra que el 80% de las viviendas sufrió daños estructurales. El reporte oficial fue de 87 muertos, más de 200 desaparecidos, 21 mil viviendas destruidas y otras 70 mil con daños. 

 

“Según un informe del Instituto de Investigaciones Geológicas de la época, el sismo alcanzó una magnitud 7,4 a 61 kilómetros de profundidad. El diario La Nación lo comparó con la potencia de 30 bombas atómicas”. 

 

Los vecinos en las calles cubiertas de polvo de La Ligua no sabían si lo que vivían era el fin del mundo. Algunos aseguraban haber visto cómo la tierra se abría. Pero esos relatos no llegaron a los medios. Esa tarde, mientras los sobrevivientes intentaban encontrarse entre el polvo y la tierra, la radio anunciaba la noticia con una frase que todavía estremece a quienes la oyeron: 

“La Ligua ha desaparecido”. 

 

La llama sigue encendida 

Cuando un avión sobrevuela la ciudad, no pocos creen que viene otro terremoto. La desesperación reaparece. Hay quienes corren, otros que gritan. La tierra todavía tiembla en la memoria colectiva.  

Al día siguiente del sismo, llegaron camiones, carpas y mucha ayuda a la Ligua. A la familia de María le entregaron una cabaña, muy rápido, por su padre postrado. La tragedia comenzaba a estar controlada.   

Pero la historia no quedó ahí. El mito del Pulmahue tomó forma con los años. El fuego no volvió, pero el recuerdo sí. La memoria se va con los sobrevivientes, pero el cerro permanece, quieto, como testigo. Hasta hoy, el mueble sigue firme en su lugar. Y el mito sigue corriendo como un río subterráneo. 

 

“La Ligua ha sufrido múltiples catástrofes. Con el terremoto de 1971 la ciudad quedó completamente en el piso, se terminaron de caer las pocas casas que quedaron en pie, como si el destino los condenara a recordar ese día. Pero entre tantas sacudidas, una verdad emerge entre todos los testimonios: ‘No hay ninguno como el del 65’”. 

 

El doctor en Ciencias de la Tierra de la Universidad de Florencia, Italia, Álvaro Aravena, tiene una teoría. Lo visto en el Pulmahue fue una ilusión óptica: el fenómeno llamado bombeo sísmico habría hecho emerger aguas subterráneas y gases que, con el sol del mediodía y el polvo del derrumbe, simularon fuego. 

Aunque eso no es todo. Para la doctora en Ciencias de la Tierra y el Universo de la Universidad de Niza, Francia, Verónica Oliveros, está claro que no hay actividad volcánica en la zona. Pero no descarta que gases inflamables hayan provocado una combustión real que, quizás, no se vuelva a presenciar en millones de años en Chile. Quizás no fue un volcán, pero sí fue un hecho histórico. 

Ambas hipótesis podrían explicar el fenómeno, pero ninguna alcanza para apagar el mito. Porque el fuego se apagó, pero la historia quedó. 

El terremoto de 1965 partió la tierra en dos, pero también partió la historia: El Cobre fue tragedia nacional, La Ligua, apenas una mención en una nota al pie de página. El Pulmahue no explotó, pero quizás sí fue un grito. Un grito que nadie escuchó. Porque La Ligua ardió, pero Chile, como casi siempre, no miró.