
Alicia, Leslie y Daniela han dedicado su vida a acompañar y trabajar con personas con cáncer. Entre el conocimiento clínico y la experiencia propia, sus historias revelan cómo cambia la enfermedad cuando deja de ser ajena y el diagnóstico se vive en primera persona.
Por Antonia Sánchez y Carolina Berríos

“Me daban ganas de que me consolaran, no de que me felicitaran”
El mismo día que le confirmaron que tenía cáncer, la ascendieron en el trabajo.
Llevaba un tiempo sin realizarse exámenes de turno, aunque siempre dentro de los plazos recomendados por las guías clínicas. Cuando el resultado de uno de esos controles apareció alterado y la biopsia confirmó señales de alerta, la calma inicial comenzó a ceder ante la incertidumbre. Eso ocurrió en marzo de 2023.
Alicia Sánchez llegó esa mañana a buscar los resultados de su biopsia. Estaba sola. Tomó el documento, lo abrió y lo leyó. Entendió de inmediato los resultados, porque llevaba décadas leyendo ese mismo tipo de informe, pero siempre en nombre de otra persona. Tenía cáncer cervicouterino.
Su primera reacción fue llamar a su marido para que la fuera a buscar. Recién cuando lo tuvo a su lado dimensionó lo que estaba pasando. Durante meses había funcionado con la distancia clínica que se aprende en oncología: acompañar sin desbordarse, comprender sin confundirse con el dolor ajeno. Eso sirve cuando la enfermedad es de otro. Cuando es propia, la distancia desaparece.
—Estaba viviendo lo que yo veía en un paciente. Ahora era yo esa persona —relata.
Alicia es enfermera especialista y se desempeña como subgerente de estudios clínicos en cáncer. Lleva más de veinte años trabajando en oncología. Conoce los protocolos de memoria.
Horas más tarde, ese mismo día, se encontraba en una reunión con todas las jefaturas recibiendo felicitaciones por su nuevo cargo. La abrazaban, le decían que se merecía el ascenso, pero nadie sabía la noticia que cargaba encima.
—Me daban ganas de que me consolaran, no de que me felicitaran—cuenta Alicia.
«Sentí miedo a morirme»
Hasta entonces había confiado en que todo quedaría ahí, en una alerta controlable. Pero los resultados fueron abriendo una etapa distinta. El diagnóstico confirmó un cáncer localizado (in situ) presente en algunas zonas, pero con un componente invasor.
—Supe de inmediato que requería de un tratamiento más avanzado. Sentí miedo de cómo todo iba en escala. De que este fuera un paso de otro más—comparte con plena calma, pese a lo que estaba contando.
—Pensé que, si todo había ido mal, ¿por qué no podría empeorar? Hasta que me dieron los resultados había tenido confianza. Creía que todo iba a salir bien, que lo tenía bajo control. Pero después se me cayó el mundo y me asusté. Sentí miedo a morirme. Me imaginé la sentencia de muerte que muchas veces entrega el cáncer y uno lo ignora al no ser el paciente—admite.
Su cuerpo empezó a acusar el estrés que ella no se permitía sentir. Cuando ya tenía programada la cirugía principal del tratamiento, se resfrió tanto que debieron postergarla. Más tarde apareció una contractura muscular que estuvo a punto de dejarla fuera del pabellón por segunda vez. Alicia insistió igual.
—Le dije a mi doctor que me diera el pase, que le avisara al resto del equipo médico que yo estaba bien. Y yo apenas podía hablar por la contractura.
“Sentí realmente lo que es estar vulnerable”
Casi por casualidad, Alicia ya llevaba meses en terapia psicológica cuando se enteró de su diagnóstico. Ese acompañamiento fue lo más importante al momento de prepararse para su cirugía.
—Siempre pensé que iba a ser súper fría. Estar en terapia me ayudó a vivir el proceso no como enfermera, sino como mujer, como mamá y como persona.
Después de la cirugía tenía que hacer algo que no acostumbraba: quedarse quieta. Un mes de licencia, sin auditorías ni reuniones urgentes. Mantuvo su computador cerca suyo con la idea de ponerse al día con su trabajo. Se rió un poco al recordar que lo cerró tras estar una semana en cama.
—Sentí realmente lo que es estar vulnerable, entregada al equipo, a todo. Hasta en lo más básico—asegura.
Aún en la clínica, antes de volver a su casa para seguir en reposo, compartió habitación con una mujer a quien le habían diagnosticado un cáncer avanzado. Alicia sabía exactamente lo que ese diagnóstico implicaba. Escuchaba a los médicos y entendía cada palabra, cada paso que vendría. Pero eso no fue lo que definió la relación que construyeron. Se hicieron cercanas e incluso intercambiaron números. Se escribieron por un tiempo.
Por primera vez, todo su conocimiento profesional quedó en segundo plano para coexistir con la experiencia de simplemente estar allí, en una condición similar.
«Ojalá saber menos para no tener todos estos pensamientos”
Buscó en investigaciones científicas el porcentaje de recaída. Leyó estudios sobre distintas técnicas quirúrgicas. Se metió en un bucle de información que, paradójicamente, le daba más intranquilidad.
—A veces decía «ojalá saber menos para no tener todos estos pensamientos”—expresa Alicia.
Después de la cirugía, llegó un sentimiento inesperado, la culpa. Siendo especialista en oncología, ella sentía que no tenía excusa.
—Compartía que tenía cáncer con vergüenza, ¿te imaginas? Me preguntaba: ¿Cómo voy a dar el ejemplo? Y al final no tenía que ser ejemplo de nada, sino darme el espacio para preocuparme de mí misma —comenta.
Con una firme certeza, Alicia cuenta que el cáncer quedó atrás y que no lo carga como un tema latente. No fue el diagnóstico lo que más le pesó; fue el miedo a mantenerse igual a cómo era antes, a vivir el proceso en piloto automático.
—Cambié. Bajé las revoluciones, sobre todo con el trabajo. Aprendí a disfrutar más, a estar más consciente, a darme mis espacios—afirma mientras mira su taza de té vacía.
Sus palabras son sin dramatismo, con el mismo tono con el que ha contado todo, como alguien que procesó lo que vivió, como alguien que aprendió que hay cosas que el conocimiento no alcanza a anticipar. Y que la primera en la lista de pacientes que hay que cuidar, debe ser una misma.

“Tengo cáncer y me voy a morir»
La enfermedad no siempre llega con grandes anuncios. A veces aparece en medio de una rutina que parecía bajo control. Leslie Parra lo enfrentó el día en que, tras retrasar por poco uno de sus exámenes habituales, encontró una dureza en una de sus mamas.
Se hacía la mamografía cada año, sin falta. Esta vez, por distintos motivos, se había atrasado apenas unos meses. En cualquier otra circunstancia, tres meses podrían parecer un detalle menor. Hasta ese domingo.
No necesitó esperar exámenes para intuirlo. Durante años había visto señales similares en pacientes oncológicos y conocía de memoria cómo la literatura médica describía una lesión sospechosa. Ella ya lo sabía.
—Yo dije «tengo cáncer y me voy a morir»—recuerda Leslie. En segundos, el cuerpo empezó a parecer territorio clínico. Preguntas urgentes, posibles tratamientos, escenarios que hasta entonces pertenecían a otros.
Matrona de profesión y ligada hace años al mundo de la oncología, Leslie conocía de cerca tratamientos, pronósticos y urgencias. Pero una cosa era la enfermedad en otros, y otra muy distinta permitir que interrumpiera su propia vida.
Las cosas avanzaron rápido. Las horas para los exámenes aparecieron con rapidez y, en un par de semanas, ya se sabía qué tipo de diagnóstico era. Un cáncer de mama avanzado que ya presentaba metástasis en la axila.
Como si nada
Mientras esperaba los resultados para descartar que la metástasis estaba presente en otras partes de su cuerpo, la preocupación no estaba puesta sólo en ella, sino en todo lo que imaginaba que podía derrumbarse alrededor. Pensaba en sus hijos, de 9 y 13 años. En qué pasaría si no estaba, en su marido enfrentando solo una rutina sin ella.
—Yo en esa época pensaba «no voy a estar, qué va a pasar». Sentía que si no estaba yo, el mundo se iba a venir abajo—dice. De un momento a otro, el lugar que ocupaba dentro de su familia parecía amenazado por algo que había crecido en silencio dentro de su cuerpo.
Leslie recuerda que manejaba de regreso a su casa, a la espera de los resultados de sus exámenes, cuando sonó el teléfono. Llamaban desde la clínica. Le pidieron que se comunicara de inmediato con su médico o que acudiera a urgencias.
—Me acuerdo de que iba en el auto y, cuando los semáforos estaban en rojo, lloraba. Se ponían verdes, me secaba las lágrimas y seguía manejando, como si nada.
El examen confirmó que la metástasis estaba localizada en la axila y no se había extendido a otras partes del cuerpo. Un alivio parcial en medio de la incertidumbre que recién comenzaba a instalarse en esta nueva etapa de su vida. Sin embargo, incluso después de escuchar esas palabras, Leslie no quiso que la enfermedad ocupara más espacio del necesario.
No quería que la vieran distinta. No quería un trato especial. Tampoco que el cáncer comenzara a definir su rutina ni alterar la imagen que proyectaba hacia los demás.
—No quería que la gente me viera enferma, no quería que me vieran mal. Yo me miraba al espejo y no podía creer que estaba enferma. No me sentía enferma y tampoco me veía como si lo estuviera—dice. Mientras a su alrededor le pedían que bajara las revoluciones, ella seguía convencida de que todavía podía con todo.
—Yo me veía sana. Me creía el cuento de que podía hacer todo. “Yo puedo, yo puedo”, me decía a mí misma.
Antes de iniciar la quimioterapia se tatuó las cejas, encargó una peluca y organizó lo que venía con la misma lógica práctica con la que había enfrentado tantas otras cosas.
“Señora, váyase para la casa”
Siguió trabajando mientras pudo. También asistiendo a reuniones escolares, actividades familiares y tareas cotidianas que insistía en no abandonar. En una de esas jornadas se desmayó dos veces en la calle antes de llegar al colegio de su hijo. Aun así, no pensó en devolverse.
—Yo no me iba a perder el espectáculo de mi hijo. […] Entré en silla de ruedas, pero al menos vi el show en primera fila—recuerda riéndose. Lo cuenta con humor, aunque en ese momento también entendió algo más profundo. El cuerpo estaba hablando con una claridad que ella llevaba tiempo postergando.
—“Señora, váyase para la casa, deje de insistir; tiene cáncer”—relata anecdóticamente.
Después de esa jornada fue a la clínica. Allí confirmaron una anemia importante. Ya no quedaban demasiadas formas de seguir negando lo evidente. Había llegado el momento de descansar, de bajar las revoluciones y de asumir que la enfermedad también exigía pausa.
Recientemente, Leslie regresó a trabajar después de pasar parte de 2025 y los primeros meses de 2026 fuera de sus funciones. El tratamiento todavía no termina, pero hoy asegura sentirse mejor y con la energía suficiente para retomar una rutina que durante meses tuvo que dejar en pausa.
—Son 18 ciclos de tratamiento en total y me faltan cinco. Voy en el número 13. […] Pero me siento bien, y en la casa sentía que ya no tenía nada más que hacer—menciona. Su regreso no respondió a una presión externa, sino a una decisión personal, tomada en sus propios tiempos y bajo sus propios términos.
Leslie asegura que Alicia Sánchez, su jefa, fue la única que la entendió cuando tuvo que comprender que había que dejar las cosas de lado con la llegada de una enfermedad. Ella había estado exactamente en el mismo lugar: en aquel punto donde el cuerpo pide una pausa y la mente insiste en seguir. Sabía lo que significaba que alguien respetara esa decisión sin juzgarla, sin apurar los tiempos, sin dar consejos que nadie había pedido.
Leslie volvió a su trabajo después de siete meses. No porque la enfermedad lo decidiera por ella, sino cuando sintió que era tiempo. Esta vez, sin apurarse.

«Pensé que ella se iba a morir«
La enfermedad rara vez alcanza solo a quien recibe el diagnóstico. También se instala en la familia, en las rutinas y en los miedos compartidos. Daniela Rojas lo vivió en 2021 cuando le detectaron cáncer de mama en etapa dos.
En su casa, la noticia también cayó sobre Santiago, su hijo, quien en ese momento tenía siete años.
—Yo me acuerdo cuando a mi mamá le diagnosticaron cáncer de mama. […] Pensé que ella se iba a morir—dijo con una naturalidad poco común para sus 12 años y una familiaridad evidente, con palabras que otros pequeños de su edad extraña vez usan.
De esa experiencia nació «Rayos y Centellas: mi mamá tiene cáncer de mama», un libro que ambos construyeron para ayudar a otros niños a comprender una enfermedad que muchas veces en las familias cuesta explicar.
—Cuando habían pasado varias semanas y mi mamá todavía seguía con cáncer, yo seguía con miedo. Me empecé a preocupar mucho en el colegio y no me concentraba en las tareas que tenía porque mi mamá estaba enferma—recuerda Santiago.
Al preguntarle qué significa para él participar en un libro que podría acompañar a otros niños, responde sin dudar: “Bien, porque en el libro se muestra la historia de cómo mi mamá tuvo cáncer y cómo lo superó. Y les muestra a los niños que no tengan miedo, que sus mamás se van a recuperar y que no tengan miedo ni angustia”.
Lo que alguna vez estuvo marcado por el miedo hoy busca acompañar a otros niños y familias que atraviesan la misma incertidumbre.
Del otro lado del escritorio
La historia de Daniela tiene otra capa. Es psicooncóloga, docente e investigadora. Lleva más de veinte años trabajando con pacientes oncológicos, acompañando procesos que muchas veces se desarrollan en la incertidumbre.
—Yo siempre pensé que uno podía estar al otro lado del escritorio en cualquier momento”—dice.
Conoce los tratamientos, los tiempos clínicos y los pronósticos. Pero saber más no equivale a estar preparada, también puede significar anticipar riesgos, entender escenarios y cargar con preguntas que otros pacientes no siempre se hacen. A veces solo vuelve la incertidumbre más precisa.
—Una cosa es conocer el proceso y otra muy distinta atravesarlo— agrega.
También se enfrentó al pensamiento de que, por trabajar en cáncer, tendría más herramientas emocionales que cualquier otro paciente.
—La gente subentiende que, porque tú eres quién eres, vas a estar bien preparada, que tienes las herramientas. Como si por trabajar en esto una estuviera lista para vivirlo—cuenta— “¿Qué te voy a decir yo si tú ya sabes todo? ¿Qué te voy a decir si tú trabajas en esto?”.
“El cáncer no viene a enseñarte nada”
Detrás del cáncer también opera una narrativa heroica, la idea de que todo dolor debe tener sentido y toda enfermedad dejar una enseñanza. Que el sufrimiento, de algún modo, tendría que ser útil. Para Daniela, ese tipo de expectativas es una exigencia extendida y normalizada en la sociedad; la de convertir el sufrimiento en aprendizaje.
—Esa visión de que el dolor o el sufrimiento te tiene que hacer una mejor persona, o te tiene que hacer más grande, yo siento que responde a una lógica productiva del dolor, como si hasta el dolor tuviera que ser útil—dice.
En esa mirada, cuestiona, el cáncer deja de ser una enfermedad para transformarse en prueba moral. Una experiencia de la que habría que salir fortalecido, agradecido o cambiado.
—¿Por qué no puede ser solo algo que quieres que pase lo antes posible? —se pregunta—Si lo único que quieres es que pase pronto y no aprendiste nada, está perfecto.
—Yo creo que uno tiene todo el derecho a seguir siendo exactamente lo que es. Creo que el cáncer no viene a enseñarte nada. Es una enfermedad como cualquier otra. A nadie que tiene hepatitis le preguntan qué vino a enseñarle la hepatitis. A nadie con diabetes le preguntan cuál es la lección detrás de la diabetes. Pero a las personas con cáncer se las preguntan todos los días—afirma.
Daniela lo expresa sin épica: “Yo no sé si soy más grande ni mejor persona. Soy más vieja, pero por los años, no por el cáncer”.
Después del diagnóstico
Tras la cirugía y la hormonoterapia para tratar la enfermedad, Daniela entró en una etapa menos visible, pero no por eso más simple: la vida después del cáncer.
—Tengo que tomar las hormonas por diez años y ya llevo cuatro, así que me quedan seis. Después de eso, recién queda como asegurado de que no va a volver el cáncer—menciona.
La normalidad, a veces, tarda más que los exámenes y las altas médicas. Los controles persisten, nace el miedo a una recaída, secuelas físicas y una relación distinta con el propio cuerpo.
—Cuando vuelves, todos creen que ya estás sana, pero tú no te sientes sana mucho tiempo después—dice.
Después del diagnóstico, Daniela comenzó a mirar también su experiencia desde otro lugar: el de la pregunta profesional. Lo que había vivido como paciente abrió una inquietud que hoy se convirtió en investigación.
Actualmente trabaja en un estudio centrado en profesionales de la salud ligados a la oncología que, tras años acompañando a personas con cáncer, reciben ellos mismos el diagnóstico.
—Me daba vueltas cómo podía cambiar la percepción de la enfermedad y la praxis clínica cuando uno había pasado por la enfermedad—explica. Más que una inquietud académica, parece una forma de pensar esa frontera difusa entre tratar el cáncer y habitarlo.
A veces basta un diagnóstico para cambiar de lugar dentro de la misma historia. Entre Alicia, Leslie y Daniela se traza una misma línea: la que separa el conocimiento clínico de la experiencia íntima de vivir la enfermedad.
Conocerla nunca fue lo mismo que habitarla. Y dar la cara al cáncer, para ellas, también significó cruzar esa línea.