«Apenas se oscurece, lo mejor es no salir». La advertencia de Rodrigo Ramírez, vecino de 23 años, refleja una rutina que se repite cada noche en Bajos de Mena, el sector más poblado y estigmatizado de Puente Alto: casi 200 mil habitantes, en 4,7 kilómetros cuadrados—lo equivalente a siete Estadios Nacionales. Allí, el miedo y la costumbre conviven: las balaceras son frecuentes, los basurales se multiplican y los servicios escasean. Sin embargo, entre el ruido y el abandono, también persiste una red vecinal que se niega a rendirse.
Desde hace tres décadas, los habitantes de Bajos de Mena han aprendido a resolver por sí mismos lo que el Estado no ha hecho: levantar parques, semáforos, una comisaría y hasta un medio comunitario. «Todo lo que tenemos ha sido por lucha social», dice Melyna Montes, dirigente del territorio. Su trabajo, junto a otros vecinos, busca mostrar la otra cara de un barrio que durante años ha sido definido solo por la violencia.
«Acá hay más personas que mueren por atropello que por balas locas, pero eso no vende», agrega Julio Antón, también dirigente. Para él y muchos otros, la historia del barrio ha sido contada siempre desde la sombra. Por eso hoy se aferran a una convicción que es también una declaración de identidad: «Somos más luz que sombra».
Pero Bajos de Mena no nació con la violencia. Mucho antes de que la televisión hablara de «zona roja», este territorio ya existía como parte de la historia agrícola y política de Chile. Su nombre viene de Pedro Nolasco Mena, dueño de las tierras en el siglo XIX y primer ministro de Hacienda del gobierno de Ramón Freire.
«Nos dimos cuenta que nuestra historia no comienza en los años 90 ni con la violencia, comienza con algo más bien patrimonial», explica Julio Antón. En el sector aún quedan muros antiguos y, desde 1966, un cementerio ortodoxo, único en su tipo al sur del mundo. «Somos parte de la historia de un país, pero nadie habla de eso. Ni la Casa de la Cultura, ni la Municipalidad de Puente Alto muestran nuestras historias», reclama.
Mientras esa historia se mantiene casi invisible, lo que sí se ve —y se siente— es la forma en que se construyó el barrio. Bajos de Mena concentra cerca de 200 mil habitantes en solo 4,7 kilómetros cuadrados. Es, en palabras de sus propios vecinos, una ciudad comprimida.
«Puente Alto tiene unos 700 mil habitantes y 83 kilómetros cuadrados. Un tercio de la población está aquí, en un 0,5% del territorio», detalla Melyna Montes. «Eso ya te habla de un hacinamiento. No es que estemos uno encima del otro, pero si caminas por los blocks, cuadra por medio vas a encontrar basura, porque los camiones no pueden entrar por los caminos estrechos. Se dice que la gente es sucia, pero el problema viene desde la creación del arquitecto». Poniendo lo anterior en perspectiva, la concentración poblacional de Bajos de Mena, llevada a la escala de un kilómetro cuadrado, equivale a unas 42 mil personas. Si esa misma concentración se replicara en toda la Región Metropolitana —que cuenta con cerca de 15.400 km²—, el territorio podría albergar una población similar a la de toda América Latina, estimada en alrededor de 660 millones de personas.
Los departamentos pequeños, los pasajes angostos y la falta de áreas verdes no son casualidad: responden a un modelo de vivienda social que, según sus habitantes, nunca pensó en la vida real de las personas que iban a habitar el lugar. «Metieron a cien mil personas de un día para otro en un territorio que no tenía CESFAM, ni locomoción, ni Carabineros, ni bancos, nada», recuerda Montes.
En ese vacío, la cotidianidad se volvió una mezcla de abandono y resistencia: las familias se organizan para conseguir lo que falta, mientras conviven con las consecuencias de un diseño urbano que, desde el inicio, los dejó en la periferia de todo.
Día a día del miedo
Para quienes viven en Bajos de Mena, el miedo no es un concepto abstracto: es parte de la rutina. Comienza temprano, cuando las ferias se instalan y todavía quedan en las calles quienes pasaron la noche deambulando bajos los efectos de la droga. Y vuelve a aparecer cuando cae la tarde, hora en que muchos vecinos simplemente dejan de salir.
«De Juanita hacia acá es malísimo», cuenta una comerciante que lleva una década trabajando en la feria del sector. «Es balacera, muerto…eso es pan de cada día». Ella y su pareja han vivido diecisiete años en Bajos de Mena y aseguran que el contraste entre zonas tranquilas y sectores tomados por el narcotráfico es evidente, pero también desigual: basta cruzar la calle para que la vida cambie por completo.
A esa tensión urbana se le suma una presencia constante y silenciosa: las «gárgolas», como llaman en el barrio a quienes deambulan toda la noche consumiendo pasta base.
«En la mañana cuando uno llega a la feria, tofavía andan las gárgolas acá», relatan. «Drogadicción, prostitución…es el día a día».
Rodrigo Ramírez, el joven que advierte que «apenas se oscurece, lo mejor es no salir», confirma esa misma sensación límite: «Apenas se pone oscuro, la recomendación es entrar lo más rápido posible. De noche es otra realidad».
El miedo recorta espacios: los parques dejan de ser opción, el trayecto al trabajo se vuelve un riesgo calculado, y volver de noche —sobre todo para jóvenes— es siempre una apuesta a la suerte. Una madre lo explica así:
«Mi hijo estudia en la noche. Yo con el credo en la boca. A veces mejor le pago un Uber para que vuelva, porque donde se baja es zona complicada. El tema más importante aquí es la seguridad».
Pero el miedo no solo se siente: también se ve. En los cables colgando a medio cortar —robados una y otra vez para vender el cobre— que dejan al barrio sin luz cada semana. En los helicópteros que sobrevuelan techos buscando a alguien que corre por los pasajes. En los cuerpos que, según feriantes, a veces aparecen de madrugada al lado de los blocks.
Y, sobre todo, en la fragilidad de lo cotidiano: el celular apretado contra el cuerpo, la cartera por delante, la mirada rápida para identificar si alguien «da mala espina».
«Uno se vuelve como animal», dice un feriante. «Como los perros: cachai cuando alguien no trae buena presencia. Es un instinto para sobrevivir».
En un barrio marcado por la estigmatización, el miedo termina siendo un filtro: define dónde caminar, a qué hora volver, cómo moverse, qué mirar y qué ignorar. Pero también revela otra cosa: que incluso entre la desconfianza, la gente sigue funcionando en comunidad.
«Si vemos que alguien anda robando, nos avisamos. Y si hay que corretearlo, se corretea», cuentan en la feria. «Aquí no todos son malos. Pero basta uno para que el resto se encierre».
En Bajos de Mena, la luz del día no siempre despeja la oscuridad. Y la noche —esa que obliga a recogerse temprano— es recordatorio de que una realidad que sus habitantes no eligieron, pero que enfrentan cada día con los recursos, los miedos y la dignidad que tienen a mano.
Funerales de alto riesgo
En Bajos de Mena, la violencia no termina con la muerte. Incluso el último adiós se convierte en un operativo policial. Así lo relata un trabajador de Funeraria Cárdenas, vecino del sector y testigo directo de un fenómeno que se ha vuelto habitual: los funerales de alto riesgo.
«Una vez al mes, más o menos», calcula. «No es algo de todos los días, pero aquí ocurre bien seguido».
Cuando fallece alguien por impacto balístico —sea parte o no de una banda delictual— se activa un protocolo estricto: la cuadra se cierra, llegan patrullas y toda persona que participe del cortejo debe identificarse. Los conductores, incluso, deben entregar su licencia.
«Nos quitan la licencia para que no vayamos por rutas que ellos no permiten», explica. «Hay que llegar quince minutos antes, mostrar documentos, y seguir lo que indica Carabineros».
En esos minutos comprimidos entre el dolor y la tensión, aparecen historias que pocas veces llegan a los noticieros. Como la del joven que murió realizando un portonazo. Sus padres, trabajadores «de sol a sol», no tenían idea de en qué andaba su hijo.
«Las familias muchas veces no pueden elegir a sus hijos. Son gente esforzada, pero los hijos les salen delincuentes. Y carabineros los trata mal, sin entender la realidad», cuenta. «Otras veces es al revés: toda la familia es delincuente y se van en contra de Carabineros. Las dos cosas pasan».
A pesar de la crudeza del escenario, él asegura que nunca ha tenido problemas con los vecinos. Con Carabineros, sí: una discusión por la ruta que debían seguir. Nada más. Los riesgos, dice, no recaen en la funeraria, sino en el ambiente que rodea el proceso.
«La carroza es lo que más cuidan todos. Nosotros vamos con fe de que no nos va a pasar nada».
Con los años, ha visto aumentar este tipo de servicios aproximadamente «en un 70%». Y recalca algo que suele malinterpretarse: un funeral de alto riesgo no es sinónimo automático de delincuencia organizada. Basta un disparo. Basta un antecedente penal menor. Basta incluso una denuncia por violencia intrafamiliar.
La crudeza de estas historias alcanza su punto más doloroso en los funerales de niños y adolescentes.
«Hice uno de un menor de trece años. Robaba desde los nueve».
En Bajos de Mena, la muerte también es un espejo donde se reflejan las fallas de un Estado que llega tarde o no llega del todo: viviendas sin espacios seguros, oportunidades escasas, ausencia de servicios, abandono institucional. Y, en el fondo, familias que lloran en silencio mientras un operativo policial define cómo despedir a sus hijos.
La mirada policial
Para Carabineros, trabajar en Bajos de Mena es enfrentar a diario un territorio marcado por vulnerabilidades profundas que se arrastran hace décadas. Lo describe así la mayor Javiera García: «El sector presenta factores que lo hacen muy vulnerable: consumo problemático de drogas, tráfico, presencia de armas de fuego, enfrentamientos entre bandas rivales y delitos violentos como homicidios o ajustes de cuentas».
Esa violencia no es un fenómeno aislado ni ocasional. En la 66° Comisaría, la cabo primero Débora Placencia, encargada de la Sala de Familia, lo vive cada día.
«Aquí hay muchos procedimientos de violencia familiar, connotación social, armas de fuego, arma blanca. Llega mucha gente a denunciar. La guardia tiene harto trabajo».
Los homicidios son frecuentes. La propia cabo lo dice sin rodeos: «Esta comisaría está catagolada como de bastantes homicidios».
La carga policial, sin embargo, convive con una paradoja que García explica: en Bajos de Mena no necesariamente se cometen más delitos que en sectores céntricos, pero muchos de quienes los cometen viven aquí.
«Lo que ocurre es que muchas personas que viven en el sector son sujetos que cometen delitos. Entonces no es que ocurra un alto nivel de delitos en Bajos de Mena, sino que muchos autores residen aquí».
La consecuencia es una presencia policial permanente pero insuficiente. Los vecinos lo reclaman y los carabineros lo reconocen.
«Siempre preguntan por qué hay tan pocos carabineros si es un sector rojo», dice Placencia.
«La verdad es que son muchos los delitos».
El trabajo en el territorio se reparte entre cuadrantes, patrullajes y la comisaría dependiente de San Jerónimo, pero aun así la dotación no alcanza. La comisaría, pese a la magnitud del sector, está clasificada como tipo C —la categoría más baja— lo que limita su personal.
«Para mí debería ser A, por la peligrosidad», admite la cabo.
Convivir con bandas armadas
Las bandas delictuales operan en el territorio, con rivalidades activas.
«Aquí hay bandas rivales que entre ellos se quieren eliminar», afirma Placencia.
Ese nivel de tensión se extiende incluso a espacios que deberían ser seguros, como consultorios. El sargento Juan Fuentes Contreras recuerda uno de los episodios más críticos:
«Llegaron dos heridos, conocidos en el área delictual. Como no los querían atender, querían balear el consultorio».
A raíz de ese caso, hoy ambos CESFAM del sector cuentan con carabineros de punto fijo.
Los funerales de alto riesgo, frecuentes en el sector, también exigen un despliegue especial. La institución no interviene para detener a los asistentes —porque la norma obliga a un protocolo acotado— pero sí despliega un control estricto:
«Tenemos que ir desde el Servicio Médico Legal hasta el cementerio. Todo debe ser rápido», explica Placencia. Fuentes complementa: «En el cementerio registramos a todas las personas que ingresan, para que no entren con cosas ilícitas. Si alguien genera sospecha, se le hace control de identidad».
Comunidad, miedo y límites
La relación con los vecinos no es de hostilidad permanente. Al contrario, la mayor Javiera García subraya que la convivencia está «normalizada» y que la comunidad suele colaborar en la búsqueda de sujetos peligrosos. pero también hay frustración:
«La gente siente que nunca hay suficientes carabineros para un sector tan grande y con tantos procedimientos».
La violencia afecta directamente a niños y jóvenes. Placencia lo ve a diario en su área:
«Aquí se ve mucha violencia intrafamiliar: psicológica, física, sexual, económica. El consumo de drogas y alcohol afecta todo».
Y confirma algo que los propios vecinos narran: los menores son utilizados en delitos porque el sistema penal no los sanciona de la misma forma.
«Menos de 13 años son inimputables. Los usan para tráfico, robos, incluso para robar vehículos. Siempre va a haber un adulto detrás que sabe que ese niño no pasará a control de detención».
Un policía que también se expone
Los funcionarios no viven ajenos al peligro, incluso fuera de turno.
«Estamos expuestos igual que cualquier civil, dice Placencia. «Nos pueden reconocer en la calle y pasar algo».
El sargento Fuentes recuerda un caso.
«A un funcionario lo reconocieron y fueron a dejarle pancartas a su casa. Se tuvo que hacer traslado para proteger a su familia».
Pese a todo, ambos coinciden en que la comisaría no se siente abandonada por el Estado. Destacan mejoras como la Ley Nain-Retamal, que aumentó las garantías para actuar sin quedar desprotegidos legalmente.
«Fue una muy buena ley. Antes un carabinero podía quedar sin trabajo de un día para otro por actuar. Ahora se reconoce el riesgo que uno asume».
Un barrio que sigue esperando su turno
A pesar de la crudeza del territorio, de los funerales vigilados, de los helicópteros nocturnos y de los niños que crecen esquivando balas, en Bajos de Mena hay algo que nunca ha terminado de romperse: la voluntad de su gente por sostener una vida digna incluso cuando el entorno parece empujar hacia lo contrario.
Los vecinos lo dicen con naturalidad, como si fuese obvio: aquí la vida es difícil, pero también es comunitaria. Las ferias se organizan para espantar ladrones; las villas se juntan para ayudar a un vecino enfermo; los adultos mayores tejen redes silenciosas para que los niños no estén solos en la tarde. Y, entre todo, emergen proyectos que intentan abrir grietas de luz: un centro comunitario improvisado, una iglesia que funciona como refugio, un parque que se abre paso en medio de blocks, basurales, una comisaría que trata de sostener un orden insuficiente.
Lo que falta no lo dicen solo los vecinos. Carabineros, bomberos, comerciantes, dirigentes sociales y hasta excandidatos presidenciales coinciden en el mismo diagnóstico: Bajos de Mena fue construido sin planififcación humana y abandonado durante demasiados años. El resultado es un barrio donde la vida se hace a pulso, siempre en tensión, siempre bajo la sombra de decisiones tomadas lejos de aquí.
Pero también es un barrio que no renuncia a sí mismo. No lo hicieron cuando llegaron cien mil familias a un territorio sin servicios; no lo hicieron cuando el estigma mediático lo convirtió en sinónimo de peligro; no lo hicieron cuando los primeros parques se levantaron con manos de vecinos y no con presupuesto municipal. Y no lo hace ahora, cuando todavía falta transporte, salud, áreas verdes, seguridad y espacios para la juventud.
Bajos de Mena se levanta todos los días para existir contra el olvido. Y aunque su historia esté marcada por carencias estructurales, su futuro no está escrito.
Lo dicen quienes llevan décadas luchando desde dentro:
«Somos más luz que sombra».
La frase no es eslogan; es resistencia.
Es también una advertencia para Chile: ningún territorio nace violento.
Los vuelven violentos el abandono, la segregación y la falta de oportunidades.
Bajos de Mena podría ser distinto. De hecho, sus habitantes ya lo están intentando. Falta que el país entero mire hacia el sur de Puente Alto y, por fin, decida acompañarlos.