Pedir ayuda no es de cobardes

Llegó en mayo a un centro de rehabilitación de drogas ubicado en la comuna de La Florida por ser adicto. A los 20 años, Daniel decidió pedir ayuda para cambiar sus hábitos después de consumir por 7 años. “Llegué al punto de que ya no podía cambiar por mí mismo, y me di cuenta de que necesitaba ayuda de profesionales”.

Escrito por Catalina Guerrero

Eran las 15:20 de un nublado domingo cuando llegué al centro de rehabilitación ubicado en La Florida, donde me esperaba Daniel con un té calentito para pasar el frío junto a uno de sus compañeros. Nos sentamos un rato a conversar y a tirar tallas entre nosotros junto a la estufa y él me dijo que lo acompañara afuera a fumarse un puchito

Tenía 13 años cuando murió su padre por un cáncer en la columna vertebral, y al poco tiempo comenzó a consumir marihuana. “Al principio de la pandemia empecé a consumir ketamina y tussi, y entre los 13 y ahora probé pastillas, hongos, cocaína y esas cosas, pero para experimentar más que nada, no me quedé pegado en eso”.

Me cuenta que en el recinto la mayoría está internado por consumir pasta base y que muchos tienen problemas con la justicia y están con libertad vigilada. “Soy de los pocos que no tiene antecedentes penales. Acá somos 13 y yo soy el más chico. Creo que en ese sentido y en términos de qué consumimos, mi caso sí es distinto al de los demás, pero las raíces son bien similares y todos tenemos personalidad adictiva”.

Cuando murió su padre, Daniel entró en el mundo de las drogas para evadir la realidad y sus pensamientos, la pena, la soledad y el sentimiento de abandono, que si bien recalca que su padre no estuvo ausente a propósito, sí siente que le faltó una figura paterna en su vida. Aquí adentro le llaman “patrón de consumo” a la causa que te lleva a consumir drogas. “Yo creo que todos tenemos raíces problemáticas cuando somos chicos. Cuando murió mi viejo yo era bien chico, y tenía 4 o 5 años cuando mis papás se separaron, y pienso ahora y me estoy dando cuenta que también me afectó”.

Se dio cuenta de que tenía problemas con las drogas cuando intentó dejarlas por su cuenta y no pudo hacerlo. Entonces le pidió ayuda a su madre para internarse, pero primero tuvo que ocuparse de su salud física. “Antes de internarme tuve que operarme porque me enfermé de los riñones. Tenía una estrechez ureteral y una hidronefrosis, y yo pienso que por consumir tanta droga me pasó eso. Ahora estoy bien en ese sentido”. 

Darnos una mano

“Tenía a mi madre bien preocupada. Me escapaba en la noche, apagaba el teléfono, ella me llamaba y no le contestaba, me decía que no saliera y lo hacía igual. Entonces por tanta preocupación que le di a mi mamá al final me puse en sus zapatos. Me di cuenta de hartas cosas que la hacían sentir mal”. 

Comenzó a contarle lo que consumía porque siempre se lo ocultó. Empezó a tener más confianza en ella. “Mi mamá pensaba que estaba haciendo otras cosas y no era así, entonces empecé a contarle. Una vez me dijo: ‘Contéstame, aunque estés todo drogado, pero quiero saber donde estás’.  Después le decía a dónde iba, dónde estaba, si iba al tiro para la casa o me quedaba más rato”.

Está muy agradecido de lo que su madre ha hecho por él y su hermano mayor, y siente que la única forma de apoyarla sería sanando, pues admite que afuera la hacía sufrir mucho. “Se saca la cresta cada día por nosotros y hace un esfuerzo enorme por tenerme aquí, y la única forma en que puedo apoyarla y recompensarla es cambiando. Afuera puro que la hacía llorar, y claro, aquí me estoy haciendo más fuerte para que cuando haya problemas yo estaré ahí para mi mamá, quizás no monetariamente, pero si abrazándola, cuidándola, dándole fuerzas, ánimo. En ese sentido, siento que soy capaz de poder ayudarla después y yo creo que son cosas que uno valora”.

Daniel aprecia lo que hace su madre por él y piensa que ella también le agradecerá en el futuro cuando deje las drogas y todo lo que le hacía mal. “Yo llegué en mayo, y pase el día de la mamá con ella aquí adentro. Yo creo que el mejor regalo que le pude dar es estar aquí po’, cambiando”.

Siempre la familia

Me habló de su hermano mayor. El tiene 25 y hoy es muy cercano a su hermano menor. “Hace 2 años nos alejamos un poco. Se puso a pololear y con la universidad estaba en otra, entonces nunca hablábamos de mi adicción. A lo más me decía: ‘No te droguís’ tanto’, pero yo me enojaba y le respondía con cosas que no me gustaban de él. No me gustaba que su polola se quedara a dormir siempre en la casa porque sentía que no tenía intimidad y no podía dormir en mi pieza. Mi mamá tampoco se sentía bien con esto, no podía trabajar bien”.

Sin embargo, Daniel comenta que ahora la relación con su hermano ha mejorado notoriamente. Lo visita con frecuencia, conversan temas de los que no hablaban e incluso le pregunta cómo está con sus estudios y su pareja. “Aquí ha cambiado harto la cosa, conversamos harto, le hice unos dibujos, y nos hemos unido más. Nos decimos ‘te quiero’, lo que antes no hacíamos. He visto cambios en los dos, hay más preocupación de parte mía y de él. Ahora le pregunto por su polola, como les está yendo en la ‘U’, como están, y antes no lo hacía porque convivíamos más y me tenía mal psicológicamente la situación. No estaba ni ahí con hablar con él”.

Con respecto al resto de su familia, Daniel tenía miedo de hablar sobre su situación con ellos, por lo que le dirían a él y a su madre, las críticas que podría recibir y por lo que pensarían. “Siempre hablé de este tema sin pelos en la lengua, con personas con las que quería hablarlo. Pero con mi familia no lo hacía. Tenía miedo de que mi abuela le dijera a mi mamá que no me cuidaba y que por su culpa yo estaba metido en las drogas. Pero estando acá me enteré de que ya saben todo, y que al contrario de lo que pensaba, me están apoyando en todo, y eso es bueno, es bonito”.

Cuenta que estando internado su abuelo paterno falleció. Tuvo que vivir el duelo sin drogas por primera vez en mucho tiempo y admite que estuvo trabajando mucho en eso. “Murió mi tata cuando yo estaba acá adentro. Fue doloroso, pero también lo trabajé harto, estando lúcido, enfrentando las cosas. En cambio, la pena de mi papá la viví drogado”. 

Dentro de una semana, Daniel podrá ir a su casa por primera vez después de dos meses internado. Tendrá permiso de salida cada fin de semana por medio y está muy ansioso. “Quiero ver a mis abuelitas, a mis tíos, primos, pasar tiempo con mi perrito, dormir con él, hacerle cariño, sacarlo a jugar a la plaza y abrazarlo. En dos días no se puede hacer mucho, no se puede recorrer el mundo, pero sí podré hacer cosas cotidianas que extraño y que las valoro mucho más ahora. Pero lo fundamental y más importante para mí en este minuto es ver a mi abuela que quedó sola y apoyarla, para que sepa que estoy ahí para ella”.

A(r)mándome

Daniel afirma que partió él solo en la droga, para experimentar y evitar la realidad, desviando el foco de atención. “Claro, uno dice ‘las malas juntas’. Creo que yo era mala junta. Yo nunca obligué a nadie a que se drogara conmigo, pero sí los llamaba para drogarnos juntos. A mí nunca me dijeron a punta de pistola que consumiera, yo fui solo metiéndome en este mundo y también empecé a conocer gente que era parte de él. Llegué a ellos carreteando, por amigos de amigos, también me acerqué por los dealer con los que me llevaba bien, también tengo amigos que conozco de chicos y que hoy se dedican a eso”.

Por esa misma razón, Daniel afirma que nunca compró drogas sin saber qué eran. “Yo siempre supe lo que me metía y cómo estaba hecho. Hay gente que compra y no tiene idea de lo que se mete. O sea, saben lo que es, pero no lo que tiene, y en ese sentido yo fui bien cauteloso. Pero me hacía mal, y fui pidiendo ayuda gradualmente”. 

El centro es acogedor. La gente es amable y hay un gran patio con piscina y gimnasio. Con Daniel nos sentamos en una banca a conversar sobre cómo es su estadía allí y qué actividades realiza.

“El centro es súper bueno. Hay buenos terapeutas. La psicóloga es buena y yo creo que es el pilar fundamental aquí. Trabaja contigo desde los temas de la niñez y el cómo llegaste a drogarte, de la raíz de todo esto, cosa que no mucha gente identifica y necesita ayuda de profesionales para encontrar la causa de la adicción. El psiquiatra es muy bueno también. Aquí hacen terapias de todo tipo, individuales y grupales, donde cada uno cuenta cosas de su vida. Aquí he conocido gente que vive realidades muy duras, que de niños fueron violados, perdieron a sus padres, papás drogadictos o presos”.

Sus compañeros le plantean que él tiene suerte al estar en rehabilitación desde tan chico y que le queda toda una vida por delante. “Lo que me dicen me da fuerzas, porque ellos no tuvieron la misma oportunidad que yo. Somos bien unidos y a cada persona que llega lo recibimos bien, como me recibieron a mí”.

Relata que le han enseñado a trabajar su ansiedad, a manejarla sin tener que comer o fumar cigarros, con técnicas de respiración y meditación. “Me siento preparado para salir. He trabajado harto mi ansiedad, que creo que es un factor de riesgo y que te lleva a drogarte. Mantengo mi mente ocupada, escribiendo y dibujando, y fumo, cigarros pero ni más ni menos que antes”.

Además, cuenta que al recinto viene una trabajadora social que le ayudará a sacar la licencia de conducir y terminar cuarto medio. “Aquí nos orientan. Voy a salir con el diploma de reeducado y sin drogas y después me gustaría estudiar ingeniería en algo. Me gustan harto las matemáticas, y como mi papá era ingeniero civil industrial y mi hermano estudia ingeniería ambiental, me gustaría también hacerlo. También es una opción estudiar ecoturismo o arquitectura. No tengo muy claro todavía, pero algo con matemáticas. También me gusta cantar. Aquí grabé un tema de rap con mis compañeros”.

No evadir las emociones

Para él es muy entretenido estar en el centro porque tiene hartas cosas que hacer y también porque ha podido retomar costumbres. Hace deporte y cumple con horarios, formando una rutina ordenada y con tiempo suficiente para descansar. 

“Antes me bañaba una vez a las miles y me despertaba súper tarde. En cambio, aquí he vuelto a levantarme a las 7 de la mañana, a acostarme a las 22, bañarme dos veces al día, lavarme los dientes, que uno afuera lo pierde cuando está en drogadicción. Mantengo mi mente ocupada haciendo el aseo, y todos lo hacemos. Desayunamos, almorzamos y tomamos once temprano, todo tiene un horario y es bajo reglas que se tienen que cumplir, y generamos hábitos. Juego fútbol dos veces a la semana, martes y jueves una hora 30 minutos de deporte, y tenemos un gimnasio donde podemos hacer abdominales, barras, bicicleta, trotadora y pesas”.

Empezó a practicar calistenia, un deporte de barras donde se entrena con el propio peso corporal. Sus compañeros dicen que para ser bueno en el ejercicio hay que practicar un mínimo de dos años, pero que independiente de eso le gusta y lo pasa bien practicando.

“Estoy haciendo harta actividad física y comiendo harto también. He subido 18 kilos acá adentro, que pa’ mí antes era imposible. Afuera pesaba 50 kilos y ahora estoy en 68. Afuera no subía ni un kilo, y yo creo que era por la droga. Quizás no era pasta base lo que me hacía adelgazar, pero lo que consumía no me hacía engordar”.

Confianza, autonomía, iniciativa e industriosidad son valores que Daniel ha aprendido en las clases en grupo que realizan en el centro. “Me siento privilegiado cuando me dicen: ‘Yo a tu edad me habría encantado haber cambiado”, y eso me da fuerzas y me siento con más oportunidades”.

Han pasado dos meses de rehabilitación. Daniel continúa en tratamiento y es indefinido el tiempo que estará allí. Ha tenido la oportunidad de asistir a un centro con buenos profesionales y conocer compañeros, sin perder su objetivo: estar sobrio.

“Los invito a darse cuenta de lo que están haciendo y de lo que se están metiendo sin saber lo que es, y si no pueden solos, recibir ayuda no es de cobardes. Yo creo que, al contrario, es de valientes. Los invito a ver un psicólogo o psiquiatra, y si no pueden afuera, bueno, internarse es una opción. No es una cárcel, aquí no te maltratan, no te hacen nada malo. Al contrario, te ayudan, te apoyan, te hacen sentir tus emociones, vivirlas, y lo más importante, no evadirlas como uno lo hace afuera drogándose. Aquí te ayudan de corazón para que puedas cambiar, y hay centros buenos como este, al que yo tuve la suerte de llegar. Salirse de la droga es lo más bonito, poder vivir una vida lúcido, sobrio, sin drogas y sin alcohol”.